21 de diciembre de 2009

ENTREVISTA EN RADIO NEDERLAND

José Luis Rodríguez Pittí, presidente de la Asociación de Escritores de Panamá, es el invitado de esta semana en Voces, programa semanal que produce Juan Carlos Roque y se difunde cada viernes con repetición los domingos por Radio Nederland, la segunda emisora más grande de Europa (después de la BBC).

El tema: la literatura panameña contemporánea, las publicaciones, los problemas de los escritores de Panamá para darse a conocer y la obra de Rodríguez Pittí.

Voces es un programa que da especial atención a los temas relacionados con la multicultura y la convivencia, y ofrece entrevistas con los principales artistas de América Latina, así como comentarios culturales, notas y reportajes del mundo artístico y del espectáculo.

El programa se puede escuchar completo [[AQUÍ]].

LA RIQUEZA MUSICAL DE JOSÉ LUIS RODRÍGUEZ VÉLEZ

Hace casi 95 años, el 12 de marzo de 1915, en la ciudad de Santiago de Veraguas nació José Luis Rodríguez Vélez. El compositor, el arreglista, el director de orquestas y bandas, el instrumentista, el educador, el gestor cultural, el intelectual y, en la parte personal, mi abuelo. Un hombre excepcional, no importa el punto de vista, de él ha quedado su obra artística, algunas de las instituciones que fundó y la marca indeleble en las miles de personas a las que tocó con sus enseñanzas musicales o ayudó con su generosidad infinita. Hombre modesto, inteligente y autodidacta sorprendentemente culto, vivió una vida entregado a dos pasiones: la música y la cultura que nos define como panameños.

Hoy, que se cumplen 25 años de su fallecimiento quiero hacerle un pequeño homenaje recordando su vida, que siempre ha sido mi ejemplo personal.

Infancia y formación

Mi abuelo creció en un hogar humilde, pero lleno de una riqueza cultural e intelectual invaluable: casa repleta siempre de libros, de música, de narraciones, de poesía, de tradiciones. Por décadas, la casa Rodríguez Vélez fue el sitio en el que nacían los bailes de los diablos durante las fiestas del pueblo, y mi bisabuelo confeccionaba las máscaras y mi bisabuela los trajes tradicionales; muy activos en la comunidad, los miembros de esta familia participaron por mucho tiempo en las danzas, en la música, la literatura y el teatro en un Santiago que bullía culturalmente, sobre todo al finalizar los años treinta cuando se terminó de construir la Escuela Normal de Santiago.

Autodidacta, a los cinco años aprendió por sí sólo a tocar un violín que le hizo su padre y con el que retaba a un vecino veterano ejecutante, tal vez la primera de sus influencias musicales. A los quince años se convirtió en el músico más joven, clarinete de la Orquesta Santiago dirigida por Aurelio Escudero. A los dieciocho años, por sugerencia que le hizo el maestro Escudero a su padre, viajó a la ciudad de Panamá con la intención de perfeccionarse en el clarinete. Viviendo en casa de un tío, pasó un corto tiempo bajo la tutela de Armando Boza y luego la del maestro Nemesio "Porotito" Árias, ambos miembros de la Banda Republicana de ese entonces.

Pero apenas estuvo seis meses en Panamá; pronto regresó a Santiago con la idea de fundar su propia orquesta. Por sí sólo aprendió solfeo, armonía y contrapunto, y llegó a dominar la ejecución de la guitarra, el piano y el saxofón, instrumento en el que más se destacó, entre otros que también llegó a conocer muy bien, y a enseñar.

El músico

Precisamente, fue en esa época a finales de los años treinta que empieza su larga y profunda relación con la docencia. Disciplinado y exigente, pero a la vez una persona paciente, serena y muy dedicada, tenía una habilidad especial para enseñarle música incluso a los menos dotados por la naturaleza. No utilizaba métodos especiales, previamente preparados, sino una dinámica personal con cada uno de sus discípulos, muchos de los cuáles confiesan que aún admiran cómo pudo el maestro enseñarles a ejecutar adecuadamente un instrumento. En esa época se convierte en profesor de canto en la recién creada Escuela Anexa del Canadá, participa en el coro de la iglesia para el que compone misas, ejecuta el órgano y hace arreglos especiales, y dirige la Orquesta Municipal que presenta en retretas en parques y plazas, y con la que ameniza eventos sociales en Santiago de Veraguas y poblaciones vecinas. Todo esto mientras debía ganarse la vida con otros trabajos pues, igual o peor que ahora, el arte, la música y las actividades culturales eran actividades poco remuneradas.

La Orquesta El Patio

En 1945 mi abuelo hizo realidad su sueño. Consiguió en la ciudad de Panamá el instrumental necesario para fundar la que después sería una famosa agrupación musical en Provincias Centrales y Chiriquí, la Orquesta El Patio. Conformada por Luciano Muñóz (sax alto), Raúl Alaín (sax tenor), José Palavicini (trompeta), Ildefonso Herrera (2a trompeta), Mario Barrios (piano), Francisco Hernández (contrabajo), Moisés García (bongoes), Toto Escarriola (tumbadora), Belisario Drago (bombo, redoblante y campana), Emilio Arosemena (cantante) y él, actuando como director, arreglista, clarinete y sax alto. Durante una década la Orquesta El Patio se destacó, no sólo en Santiago y las comunidades vecinas y del resto de Veraguas, sino en las provincias de Herrera, Los Santos, Coclé y Chiriquí donde eran muy bien recibidos.

Como parte del repertorio de la Orquesta El Patio y en la que él confiesa que fue la etapa más creativa de su vida, mi abuelo compuso algunos de sus temas más conocidos: los boleros Ansiedad de ti, Encrucijada de amor, Eres tú para mí, Mientras exista Dios, Estoy triste, muy triste, Plegaria al Señor y su obra más conocida de todas, Parque de Santiago; los pasillos Aida y Aurita, Tristeza y Aura; el danzón Motivos panameños; las cumbias Si tú me quisieras (también conocida como Cumbia Santiagueña), Dime otra vez que sí, La tinajita, Muchachita y Por el caminito. Fue tal el caudal de composiciones, que muchas de las de esa época no tienen ni siquiera nombre, como es el caso de los tamboritos que le hizo por años a cada una de las reinas de las verbenas de la Escuela Normal de Santiago o las cumbias que componía y a las que, en lugar de dar nombre, numeraba.

Grabaciones y la radio

Por desgracia, las únicas grabaciones de la orquesta se hicieron en cintas magnetofónicas que el paso del tiempo, el clima y un almacenaje negligente deterioró al punto de considerarse hoy todas perdidas. Sin embargo, el hecho de existir esas grabaciones no es uno menos sorprendente.

La primera emisora de radio en Santiago de Veraguas, Ondas Centrales, fue fundada por Héctor Santacoloma en julio de 1947, una de las primeras empresas de radiodifusión panameñas, creada después de ese primer hito conocido como Radio Tembleque y las posteriormente establecidas La voz de Panamá, en la capital, y CPR en Colón. Los equipos de grabación eran productos de tecnología avanzada, escasos durante la época posterior a la Segunda Guerra Mundial, y los discos, en una época en que sólo existían de 78 revoluciones por minuto, sólo se hacían fuera de Panamá. Pero en Santiago la radio era pionera, al igual que ocurrió con el cine (recordemos que la primera película panameña fue realizada allí por Carlos Luis Nieto en 1946), y la Orquesta El Patio se presentaba en vivo al tiempo que era grabada en las primeras cintas magnéticas, hoy perdidas.

No obstante, algunas piezas sí existen, grabadas hoy en discos: las primeras por La Perfecta de Armando Boza con la voz de Tito Contreras y años después por Chacho De La Rosa. Luego por Avelino Muñóz con Nenita Enrique, por Manuel Fábrega, por Yin Carrizo con Catita de Panamá, por Cristobal "Toby" Muñoz y por otros músicos. Y aquí cabe destacar que no han faltado casos de grabaciones con piezas de mi abuelo utilizadas sin permiso o, peor, en las que indiscriminadamente se ha cambiado los nombres de las composiciones o el del autor. Así, Muchachita aparece en La época de oro de Armando Boza con el nombre de otro compositor (aunque en el L.P. original está con el nombre correcto), y en Venezuela y Estados Unidos han grabado Si tú me quisieras sin darle ningún crédito a mi abuelo.

Por fortuna, las partituras de la mayoría de sus composiciones se encuentran debidamente preservadas y registradas, y uno de los grandes proyectos que tengo antes del centenario de su natalicio es el de editarlas.



Bandas, marchas y la docencia

A mediados de la década de 1950 mi abuelo se decidió a dejar la Orquesta El Patio para dedicarse a nuevos proyectos. En 1954, acompañó a un grupo de ciudadanos a fundar el Cuerpo de Bomberos de Santiago, y dentro de la nueva institución creó la Banda de de los Bomberos de Santiago para la que compuso una marcha. Posteriormente haría lo mismo con los Bomberos de Soná, población cercana a Santiago. De esa época es la pieza Amanecer en el campo, que muchas veces ejecutó con la Banda de los Bomberos de Santiago y a la que años después agregó letra y convirtió en la saloma coral que le daría varios premios, algunos de los cuales los han ganado coros que la interpretan en este siglo XXI.

Aún director de la Banda de los Bomberos, fundó en 1958 la banda del Colegio San Vicente de Paúl, recién abierto en esa época en Santiago, al que le compuso una marcha (con letra del profesor Moisés Restrepo) y desde el que se dedicó a la enseñanza de la música. En 1960 fundó un pequeño grupo musical en la Escuela Normal de Santiago y lo nombraron profesor especial de educación musical.

En 1965 consiguió que el Municipio de Santiago le donara seis instrumentos al Primer Ciclo de Santiago que utilizó para fundar una pequeña agrupación e ingresó al cuerpo docente como profesor regular de educación musical. Ese mismo año se retiró de la Banda de los Bomberos, que lo condecoró con la Barra de Plata en reconocimiento por su labor en la dirección musical y la enseñanza. Al año siguiente, el 22 de octubre de 1966, el Concejo Municipal de Santiago lo nombró Hijo Meritorio por su dedicación a la música, a la enseñanza de la misma y su trabajo dedicado en el Cuerpo de Bomberos.

En 1968, el Primer Ciclo de Santiago fue expandido y convertido en el Instituto Urracá, y dos años después, en 1970 mi abuelo y la directora Luzmila Díaz de Pinzón consiguen que las autoridades donen al colegio instrumentos nuevos, convirtiéndose así el pequeño grupo musical creado cinco años antes en una banda completa. No contento con la Banda del Instituto Urracá, mi abuelo funda para esas mismas fechas el Coro del Instituto Urracá al que le compone y arregla piezas que lo llevan a ganar premios en varias competencias de coros.

En esta época mi abuelo realizó el sueño que tenía de reunir en Santiago a las mejores bandas musicales de Panamá a través del Primer Encuentro de Bandas Musicales que organizó y llevó a cabo el Día del Estudiante, el 27 de octubre de 1972 en el Gimnasio Municipal de Santiago, con el apoyo del Instituto Urracá y las autoridades de educación de Panamá.

Durante este tiempo que dedicó sobretodo a la docencia, mi abuelo compuso las marchas Urracá (con letra del profesor Moisés Restrepo) y Convivencia estudiantil, los himnos de la Escuela de los Algarrobos, de la Escuela Nocturna Oficial de Santiago y del Instituto Dr. Alfredo Cantón, los vals Despedida de la escuela y Tus quince años, el pasillo Eva y la canción de cuna Duérmete mi bien, entre otras piezas.

Es importante destacar que todas estas agrupaciones musicales aún siguen funcionando, siendo la que lo ha hecho de mejor manera la Banda del Instituto Urracá que en años recientes y bajo la dirección de Omar Morales se ha ganado varias veces seguidas el premio a la mejor banda en el Encuentro de Bandas Musicales Estudiantiles que anualmente, desde principios de los años noventa, organiza la Lotería Nacional. Por otro lado, no menos importante, la Banda del Instituto Urracá ha sido elegida por la empresa Yamaha como banda modelo para un plan de educación musical en el que pretende formar cada vez más y mejores músicos en las diferentes escuelas, además de darle opciones culturales y creativas a los jóvenes, y este 2010 representará a Panamá en el XVI Seminario Internacional de Bandas Musicales en Manizales, Colombia.

Hoy mi abuelo estaría orgulloso de que estas organizaciones continúan funcionando, teniendo éxitos, que todo ese trabajo no fue en vano, sobretodo porque mi abuelo nunca vio la educación como una actividad a la que dedicar unas horas al día, sino como una actitud permanente orientada al mejoramiento de los más jóvenes y de la comunidad, algo en lo que siempre dedicó toda la energía. Cabe destacar que desde 1965 mi abuelo se mudó con su familia en la ciudad de Panamá para facilitarle a sus hijos asistir a la Universidad de Panamá, entre esos a mi padre. Todos estos logros los obtuvo viajando constantemente entre Panamá y Santiago, a cuatro horas por la carretera de esa época.

La vida urbana y el legado

En la ciudad de Panamá mi abuelo fue profesor de música durante algún tiempo en el Instituto Justo Arosemena, donde también organizo una agrupación musical. Lo mismo en el Primer Ciclo Panamá, donde se jubiló en 1980. Cuando no se dedicaba a la enseñanza en los colegios, daba cursos privados de guitarra y otros instrumentos. Recuerdo verlo preparando las clases, escribiendo en cuadernos, grabando cassettes con lecciones, pero no para reproducirlos masivamente como podría pensarse, sino con lecciones personalizadas, prácticas específicas para cada estudiante al que acompañaba durante el tiempo de la clase y luego, a la distancia, con ayuda de las grabaciones y los cuadernos de apoyo.

De pequeño tuve el privilegio ser su alumno y recibir de esas lecciones de música. Pero más importante, como nieto disfruté de sus enseñanzas, de su pensamiento, de su cultura universal, de sus lecturas, mi primera introducción al cine al que asistíamos asiduamente, de confeccionar y volar cometas, y de conocer la ciudad de Panamá de su mano, en un viaje personalizado que me marcó para siempre y que narro en la introducción de Sueños urbanos, libro que dedico a su memoria.

Por sus composiciones mi abuelo ganó innumerables premios a nivel nacional. Por su dedicación a la docencia, el 1 de diciembre de 1975 fue condecorado con la Medalla "Manuel José Hurtado", máxima distinción que el Estado de Panamá otorga a la dedicación de toda una vida en la educación. En diversos momentos recibió premios por su obra musical o los recibieron los estudiantes a su cargo. Algunos honores ni siquiera fueron en la música: capitán de uno de los equipos de baloncesto de Santiago, con Guillermo Benedetti, Efraín Tejada y otros seleccionados entre los equipos locales Esparta, Atenas, Incógnito y Acueducto, alguna vez representó con éxito a su ciudad. Ciudad con la que además luchó por un estadio, por un cuerpo de bomberos, por una justicia que no siempre ha sido ciega, por el rescate de tradiciones como las ya desaparecidas Noches de Placita que en los años sesenta revivió temporalmente. Mi abuelo, que como decía al principio nació en un hogar humilde pero con una riqueza cultural e intelectual inmensa, dedicó su vida a dar con generosidad, a compartir esa riqueza sin esperar nada a cambio excepto la satisfacción elemental que lo llevó alguna vez a tomar un instrumento, a hacer música y a disfrutarla.

Mi abuelo falleció el 21 de diciembre de 1984 en la ciudad de Panamá, hace hoy exactamente 25 años.

MARIO AUGUSTO OPINA: COSAS DE MI HERMANO


En mi familia hemos considerado siempre a mi hermano mayor, José Luis Rodríguez Vélez, como “el prodigio”. Muy claro está que nuestra apreciación está prejuiciada por el cariño natural propio de estas situaciones. Mas aún, procurando revestirme de la máxima objetividad, llego siempre al convencimiento de que mi hermano José Luis fue dotado con facultades extraordinarias que lo llevaron a distinguirse en los estudios y en las actividades deportivas, así como en la participación en movimientos sociales y cívicos de la comunidad santiagueña. Pero alcanzó especiales dimensiones en lo que ha sido su avasalladora vocación: la música. José Luis está dedicado a la música con alma y cuerpo desde la más temprana infancia, cuando apenas iniciaba los estudios elementales. Ya entonces se deslizaba en el taller de zapatería de don Aurelio Escudero, en donde trabajaba mi padre, para seguir absorto los ensayos de la orquesta que aquel había creado, y para tratar de penetrar en los secretos del ritmo y la armonía.

Cuando el señor Escudero trató de enseñar los principios elementales de la música a mi hermano, se sorprendió de su extraordinaria capacidad natural y de su consagración al aprendizaje. Fue él quien estimuló a mi padre para que incurriera en el enorme sacrificio que habría de significar para sus humildes recursos el tratar de proporcionarle a José Luis la oportunidad de recibir algunas nociones teóricas con profesionales de la capital. José Luis fue el más joven miembro de la Orquesta de don Aurelio Escudero que amenizaba toda clase de actos y festejos culturales y sociales, no sólo en Santiago, sino también en algunas poblaciones vecinas. Ganaba poco dinero con la música, por lo que tuvo que trabajar desde muy joven como zapatero y como oficial en algunas oficinas públicas. Mas jamás decayó su dedicación artística, a pesar de los sacrificios y sinsabores que el ejercicio de la música le acarreaba. Pronto desarrolló una sobresaliente capacidad musical, que incluía desde la creación y composición hasta la instrumentación y dirección, que lo llevó a fundar la famosa Orquesta El Patio.

No sé de donde sacó José Luis tiempo y energías para realizar la extraordinaria labor que en mi pueblo lo ha convertido en el maestro de decenas de músicos. Ha formado músicos en la Escuela Normal Juan Demóstenes Arosemena, en las bandas musicales de Santiago, Soná y otras comunidades, en grupos corales, en los cuerpos de bomberos y en grupos de aficionados, muchos creados por él, y en los que además participó como instrumentista y director. Lo he visto haciendo arreglos orquestales, distribuyendo lecciones, enseñando a niños y jóvenes a todas las horas del día en no pocas de las noches, incluyendo los fines de semana. Enseña a todo el que se lo pide sin preocuparse por las recompensas ni por las ingratitudes. Y aún le ha sobrado entusiasmo para crear composiciones, canciones, boleros, pasillos, cumbias, danzas y valses, que se han hecho populares en todo el país y que elementos inescrupulosos no han vacilado en explotar como propias, incluso hasta cobrar regalías.

Desde hace algunos años José Luis enseña su arte en el Instituto Urracá de mi ciudad natal. Lo hace con el mismo fervor, el mismo cálido entusiasmo, la misma dedicación de cuando era un adolescente. El domingo lo admiré gracias a la televisión. Nuevamente me sentí orgulloso de él: de su extraordinaria capacidad para enseñar, del amor con que cumple sus tareas docentes, de la increíble sencillez con que se entrega por completo al culto de ese arte sublime que es su vida misma. Sé, como también lo sabe él, que nunca recibirá la recompensa que en justicia corresponde a sus esfuerzos, a sus capacidades y a sus méritos. Mas sé también que para él hay felicidad de sobra en la satisfacción de servir a la cultura y al arte por el placer de hacerlo.


Columna “Mario Augusto opina…”, en el diario El Panamá América. Martes, 25 de agosto de 1970.

20 de diciembre de 2009

LA INVASIÓN O EL RITO DEL DOLOR

Para los que nacimos en las décadas del 70 y el 80, la invasión a Panamá fue como un doloroso, confuso y obligatorio ritual de paso que aún, veinte años después, no terminamos de digerir. Experiencia terrible que poco se ha hecho por balancear, por analizar objetivamente, por describir en una perspectiva justa.

Niños durante la dictadura militar que dominó por la fuerza desde 1968, crecimos apenas conscientes de lo que murmuraban nuestros padres temerosos de hablar muy alto por la amenaza de un viaje a la Modelo, a la isla de Coiba o a una casa en un barrio cualquiera de dónde sólo se salía en un saco de henequén. Nosotros no teníamos esos problemas; después de todo, éramos "los hijos predilectos de la revolución": salíamos retratados con el general de turno en grandes vallas o en los diarios nacionales, y en navidad disfrutábamos cuando la Policía Nacional cerraba las calles de la ciudad, más pueblo grande que urbe moderna, para que montáramos bicicleta con libertad.

La Exposición, ciudad de Panamá, circa 1990Los más viejos de esa generación de seguro recordamos a Díaz Herrera confesando en cadena nacional de radio y televisión los delitos en los que participó desde el gobierno militar, y cómo olvidar los sangrientos crímenes que remataron una dictadura a la que la gente empezaba a retar en las calles de manera cándida con piedras, pañuelos y pailas vacías.

Algo sí es seguro: hasta los menores recordamos cuando las cosas se salieron de control y, como pasó a menor escala por más de cien años, el poder más grande que la mayor cantidad de dinero del planeta puede comprar, el ejército más poderoso sobre la tierra, decidió atacarnos. Inolvidable como poco antes de la nochebuena nos bombardearon con toda su capacidad, nos invadieron, nos sometieron con facilidad, probaron sus fuerzas contra una ciudad convertida en blanco de práctica dizque para llevarse preso al general al poder, eso sí, criminal internacional.

Así amanecimos en 1990, en la última década del siglo XX, marcados por este ritual que ni los que eran en esa época nuestros mayores terminan de entender. Hoy, contemporáneos todos en esta segunda década del siglo XXI que iniciará pronto, creo que debemos empezar a analizarlo más críticamente, a mirarnos en el espejo con el ojo del analista objetivo.

En la bibliografía nacional hoy encontramos novelas, colecciones de cuentos, poemarios completos, ensayos, obras de teatro, testimonios. Muchos testimonios. Esto sin contar artículos politiqueros que es mejor dejar en el olvido. Entre estos libros serios prima el dolor, el lamento por unas cicatrices que indudablemente nos dejaron sangrando, el intento de racionalizar una situación compleja que no se puede simplificar en gringos contra panameños, indios contra vaqueros.

El problema que tenemos con el 20 de diciembre es que a esa fecha se daban varias situaciones importantes en Panamá. Todas al mismo tiempo. Y es difícil para los autores no tomar partido por una u otra situación. Algunas terminaron de pronto con los bombardeos gringos; se cerraron, pero no acabaron con formalidad. Y lo peor: no se había terminado de recoger a los muertos, de remover los escombros, cuando muchos utilizaban estos hechos como banderas, aprovechándose políticamente de ellos. Por eso es difícil encontrar un análisis objetivo sobre la invasión de parte de los historiadores de la época. A nuestra generación, los que vivimos esa experiencia antes de la mayoría de edad (o a la que sigue), es a la que le tocará hacer esos análisis.

Por eso, cuando leemos sobre el tema nos encontramos con que unos separan a los muertos y condenan todo lo demás, aunque tengan que besar a Noriega en la boca. Otros ponen a Noriega de un lado de la balanza, solito del lado de los condenados, y se olvidan del resto (incluyendo los 20 años previos de la dictadura que teníamos entonces, la mitad del libreto con lo actuado por Noriega). Otros simplemente se olvidan de todo y hablan de una libertad que cayó del cielo, libertad que tendría valor si la hubiéramos peleado o si desde un principio no hubiéramos permitido la situación de Panamá el 20 de diciembre de 1989. Situación que, en muchas cosas, no ha cambiado; capítulo que aún no cerramos a pesar de los muertos.

Para hablar de ese día tenemos que recordar que al 20 de diciembre teníamos un Panamá (aún lo tenemos) dividido entre los que gobiernan y el resto. Un gobierno secuestrado desde el siglo XIX por gente a la que no le importa recurrir al que sea, incluso mercenarios o aprovechados extranjeros, o a lo que sea para lograr sus intereses. Un Panamá en que la mayoría de los gobernantes han estado sólo interesados en hacer dinero y le han tenido siempre verdadero terror al resto de los panameños. Así nos unimos a Colombia, nos separamos varias veces hasta la definitiva de 1903 y pasamos el siglo XX. Dinámica que sólo se interrumpió un momento durante las primeras décadas de 1900 cuando el gobierno se propuso crear un país moderno fundando instituciones educativas nacionales, archivos, sistemas, organizaciones científicas, sitios culturales, recopilando una historia, educando a gente para que educara a los más jóvenes que luego se convirtieron en la generación que entre finales de los 40 y el 64 en verdad lucharon por Panamá y obligaron al gobierno de la época a actuar a la altura.

Pero esto se acabó de pronto. En 1967 rechazamos un golazo, tres en uno, que nos iban a meter los gringos legalizando su estadía en Panamá y obteniendo permiso para hacer en el futuro lo que fuera con la excusa de la defensa del canal. A partir de entonces ocurrió lo inverso: decayeron los sistemas educativos, científicos, los archivos se dejaron a la perdición, la historia se olvidó o hasta se tergiversó, el imaginario panameño se cambió lentamente de uno de amor propio por uno de auto-menosprecio.

Pero, ¿por qué a partir de 1967? ¿Por qué decayeron de manera tan eficiente nuestros sistemas educativos, nuestra imagen de nación? ¿Será coincidencia?...

Tema para otro artículo, el asunto es que así llegó el 20 de diciembre de 1989 a un Panamá en guerra civil no declarada, con la autoestima por el suelo. Una en que un bando tenía las armas y el otro no. Y el bando armado apoyado por los mismos gringos desde 1968 hasta casi el final cuando los títeres al poder comenzaron a desobedecer a los jefes de la CIA. Esa guerra debimos evitarla los panameños o, ya avanzados los años 80, muy tarde para evitarla, debimos pelearla. Fue cuando actuaron los gringos, aprovechando la costumbre de meterse en Panamá, costumbre ilegal hasta el tratado de 1977 (mismo tratado que rechazamos en 1967) que le dio autoridad para usarnos de cartón de tiro al blanco y poner orden, un orden a conveniencia de ellos y de unos cuantos panameños.

El ciclo se repite, o quizás la ola no termina, y en este siglo XXI seguimos teniendo un Estado secuestrado por gente a la que no le importa recurrir al que sea para resolver sus problemas. Una gente que le teme al resto de los panameños (ni siquiera quieren que opinemos) y no le importa nada con tal de hacer sus marrumancias. Un Estado que además parece tener instrucciones para hundir la cultura que nos define, la educación nacional que nos debería enseñar a pensar de manera crítica, y que se enfoca en el crecimiento económico y no en el desarrollo de un país, de una Nación.

Al final me queda dando vueltas en la cabeza una interrogante ¿Fue necesaria la invasión? ¿Fue necesario ese ritual de paso para los últimos hijos del siglo XX? Creo que no. Debimos evitarla. A menos que ese golpe a nuestro amor propio hubiera servido (y no fue así) para despertar, para darnos cuenta que tenemos que desarrollar un proyecto de Nación como lo creyeron los primeros líderes de la era republicana.

16 de junio de 2009

DE DIABLOS, DIABLICOS Y OTROS SERES DE LA MITOLOGÍA PANAMEÑA

No puedo evitarlo. Sueño llegar de madrugada a la vieja casa en Santiago. La calle cubierta de una neblina estancada, húmeda. Los grillos compitiendo en su canto oscilante con la vibración regular del farol blanco verdoso que ilumina la escena como en película de terror inglesa. Y, no puede faltar, un perro pasando silencioso, perdiéndose difuminado en la noche.

Entro a la casa oscura y la luz del patio que entra por una ventana me guía entre los muebles de siempre. Cascabeles y golpes, como manotazos, se escuchan en el patio. A lo lejos canta un gallo.

Me asomo y los veo, algunos de pie, otros sentados en viejos taburetes: un grupo de gran diablos horrorosos discuten en su idioma infernal de bufidos y gruñidos. El olor a guarapo es intenso. Con seguridad, me acerco al diablo más espantoso mientras el silencio se apodera de todos, y de un manotazo le arrebato el bastón. En ese momento despierto agitado con la imagen clara de los pies de ese Diablo Mayor: no usa zapatos pues tiene pezuñas, patas de animal.

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La tradición de los diablos perteneció a mi familia la primera mitad del siglo XX. Mi bisabuelo, artesano dedicado, confeccionaba las máscaras de los Gran Diablos y, a su vez, era un reconocido bailador. Mi bisabuela cosía la vestimenta de los diablos, así como polleras y otros trajes típicos. Mi abuelo y sus hermanos, aún jóvenes, participaban en los trabajos requeridos, que no eran pocos. Pero, en algún momento, todo se detuvo. La tradición se perdió. Por alguna razón que aún no he podido dilucidar, abandonaron la costumbre. Podría decirse que el espíritu de los diablos abandonó esa casa de artistas, músicos y artesanos. Mi bisabuela siguió haciendo polleras, montunos y otros trajes, pero nunca volvió a confeccionar trajes para Gran Diablos. Y las máscaras nadie volvió a hacerlas, pues de un momento a otro los diablos dejaron de bailar en Santiago de Veraguas.

Años después, alguien le pidió a mi bisabuelo que volviera a organizar los bailes. Lo llevaron ante un grupo de muchachos pero, decepcionado por la falta de seriedad e interés, y quizás un poco por su personalidad muy severa, pronto abandonó el proyecto. Mis bisabuelos murieron en la década de los setenta, a una edad avanzada, y con ellos desapareció definitivamente la tradición de los Gran Diablos en Veraguas. Aunque no murió allí. Aún se celebra en otros pueblos del interior de Panamá. En algunos se ha hecho por cuatrocientos años en una tradición traida por los españoles y que en América se enriqueció notablemente con la influencia indígena y negra.

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El origen del baile de los diablos se ha perdido en el tiempo. Aunque diablos, caretos, correfuegos y otras criaturas similares son comunes en toda la Península Ibérica, la estructura del baile que conocemos hoy en Panamá es de origen catalán (según el folclorista español Joan Amades, las referencias escritas más antiguas que conocemos son del siglo XII, varios siglos antes de que la Iglesia Católica instaurara la celebración del Cuerpo de Cristo), pero el trasfondo es tan antiguo como la humanidad misma, con elementos comunes a todas las culturas: es la lucha entre el bien y el mal por el poder, por la luz, por el fuego que hará que, quien lo controle, domine el mundo. Por eso se celebra hoy el día de Corpus Christi, a mediados de junio, con el climax de la representación en pleno mediodía del solsticio de verano boreal.

Así, diablos, arcángeles, el sol del mediodía durante el día más largo del año como trofeo (el sol en su poderosa plenitud), un toro salvaje de origen evidentemente mediterráneo y otros animales con cualidades humanas, son usados como símbolos de esa lucha eterna entre el bien y el mal, entre la luz y la oscuridad. Eso era lo que se hacía en el Santiago de Veraguas de mis mayores hace setenta años y más. Es lo que hoy se hace en la Villa de Los Santos, en Portobelo, en Parita, en Garachiné y en todos los lugares, en Panamá o donde sea, en que los Diablos salen a tomarse el mundo.

No es una simple danza, tampoco una obra de teatro medieval o de educación religiosa como hemos querido racionalizar. Es la expresión de un temor que llevamos por dentro, un temor antiguo enraizado en nuestra humanidad, y que sólo podemos tratar de evadir representándolo, en este caso, con la danza de los diablos y todas esas luchas entre el bien y el mal.


Fotos por el autor durante el Corpus Christi en La Villa de Los Santos en 1994. De arriba abajo, izquierda a derecha: Gran Diablo, el Torito Guapo, la Montezuma Cabezona, las Mojigangas, la Danza de los Gallinazos, las Danza de las Enanas y la Danza de la Montezuma Española.

DIABLOS EN EL CORPUS CHRISTI EN LA VILLA DE LOS SANTOS



La mitología panameña está poblada de diablos y otras criaturas animales y fantásticas: diablos limpios, diablicos sucios, grandes diablos, chivos y toritos, gallinazos y burros, enanas y mojigangas. Seres que se toman el mundo en ocasiones especiales. Seres del mal que se reparten la luz, se reparten el sol, para dominar al ser humano, vencidos finalmente por las fuerzas del bien. Esta colección de fotos fue tomada en La Villa de Los Santos, en Panamá, durante la fiesta católica del Corpus Christi, que este año 2009 ocurrió entre el 10 y el 11 de junio, días en los que estas criaturas se tomaron el pueblo como ha estado ocurriendo durante los últimos cuatrocientos años.

LOS GRAN DIABLOS DE SANTIAGO DE VERAGUAS

Por José Luis Rodríguez Vélez (*)

La fiesta de los Gran Diablos se celebraba hasta hace unos cuarenta años [nota: este artículo es de principios de la década de 1970] en Santiago, capital de la provincia de Veraguas. Los Gran Diablos se presentaban generalmente en el Corpus Christi y en algunas ocasiones como parte de las fiestas patronales del 24 de julio, fiesta del Santo Patrón Santiago Apóstol o para las conmemoraciones patrióticas del Tres de Noviembre. Casi siempre los encargados de organizar y presentar la danza eran gente del pueblo, de las clases populares. Sin embargo, aunque muy ocasionalmente, también formaban parte del grupo algunos de los “ñopos” de la calle segunda. El grupo estaba formado por doce diablicos, cuyas figuras principales por orden de jerarquía eran el Diablo Mayor, el Capitán, el Apuntador, el Jorasquín del Monte, el Mono, el Gallote, el Puerco, el Torito, las tres Diablas, que eran las mujeres de los tres diablos principales, y algunos otros diablos menores. Cada uno de ellos representaba un papel determinado de acuerdo con el animal señalado, todos ellos propios de nuestro ambiente panameño.

La representación
El acto se presentaba en La Placita, como aún se llama a una pequeña plaza central en Santiago. Está ubicada frente al edificio donde hoy está la Biblioteca Pública Julio J. Fábrega, encerrada por un círculo de edificios dedicados a actividades comerciales que constituían el escenario perfecto para la representación. En esa misma Placita se realizaban las corridas de toro para las Fiestas Patronales y para las Fiestas del Tres de Noviembre.

En la madrugada del día de la representación, los diablos se concentraban en una casa que representaba El Infierno y de allí hacían sus salidas siguiendo un orden determinado y en horas precisamente señaladas. El que primero hacía su aparición era El Apuntador que salía exactamente a las siete de la mañana y que después de realizar su danza se dirigía a una mesa previamente colocada en donde estaban preparados los útiles necesarios para su labor de apuntar o anotar los nombre y los títulos de los diablos a medida que éstos iban saliendo, de uno en uno, y cada uno con una danza de especial coreografía, procedentes de los antros del Infierno. El Apuntador era el que después de realizada una serie de experimentos con espejos, sextantes y otros aparatos que dirigía hacia el sol y hacia diferentes puntos del cielo, indicaba el momento para la salida de cada uno de los diablos. Todo se realizaba en forma calculada para que la salida del Diablo Mayor se produjera a las doce en punto del día.

Salen los diablos
Después del Apuntador salía el Mono. La salida de este diablo era esperada con gran interés por la muchachada porque inmediatamente el mono iniciaba sus cabriolas en las ramas de un árbol que estaba sembrado en el centro de La Placita especialmente para ese objeto. Seguidamente salía el Gallote que se dirigía inmediatamente hacia el Mercado Público, cercano a La Placita, para tratar de llevarse las “varas” de tasajo de carne, una de las formas en que se vendía la carne en aquella época. Así, en sucesión, iban saliendo los demás diablos y diablas siguiendo siempre el orden establecido.

Causaba sensación la salida del Jorasquín del Monte, el único entre los diablos vestimenta y máscara diferente: la máscara era una totuma con agujeros para la vista y pintada con rasgos de bruja. Recordemos que, según la leyenda, la Tulivieja tenía en lugar de rostro una totuma agujereada. El vestido del Jorasquín del Monte estaba confeccionado con hojas o hierbas a semejanza del usado en ciertas tribus africanas.

El Jorasquín del Monte era el diablo más temido por la chiquillería. Complementaba su vestimenta, además de la máscara de totuma y del traje de hojas y hierbas, con largas uñas de lata puntiagudas y afiladas que entrechocaba continuamente para producir un ruido impresionante. Los muchachos se asustaban al verlo o fingían que se asustaban pues el Jorasquín del Monte los perseguía para evitar que se acercaran a estorbar el baile de los diablicos. El Jorasquín era tan temido que mucho tiempo después de las representaciones de los diablicos las madres asustaban a sus hijos para controlar sus travesuras y para que cumplieran sus tareas escolares u hogareñas, amenazándolos con la presencia del horrible diablico.

A las once de la mañana hacía su aparición el Diablo Capitán. A las doce en punto, previa comprobación de la hora exacta por el Apuntador, hacía su solemne salida el Diablo Mayor, cuya aparición constituía un gran espectáculo esperado por los espectadores tanto por la lujosa vestimenta que lucía como por la elegancia y riqueza rítmica de la danza que realizaba. Por supuesto, el Diablo Mayor era un personaje cuidadosamente seleccionado, precisamente por su habilidad en los diferentes pasos y giros de la complicada danza que le correspondía realizar y que estaba acompañada por el estallido de “moñas” de cohetes.

El Diablo Mayor
Después de realizar su baile, el Diablo Mayor subía a la torre que formaban todos los diablicos juntando las cabezas en señal de sumisión y pasando los braos sobre los hombros de sus compañeros. Sobre ellos trepaba el Diablo Mayor que desde lo alto de la torre pronunciaba un discurso adornado de bufidos y rugidos y dirigido tanto a sus súbditos como a su público. El discurso estaba compuesto en versos y en el expresaba el Gran Diablo su poderío y su grandeza.

Realizada esta impresionante ceremonia que duraba cinco horas desde la salida del primer diablo hasta el discurso luciferino, el grupo de Gran Diablos desfilaba por las calles del pueblo y hacían paradas en las casas de los amigos y admiradores de mayor importancia y categoría social y económica, en cada una de las cuales eran agasajados con viandas y tragos. En cada parada, el grupo realizaba diferentes danzas llenas de color y ricas en variados pasos. La fiesta terminaba al atardecer, aunque no era raro encontrar ya en horas de la noche algunos diablos sueltos que, bajo los efectos del licor, continuaban sus danzas solitarias en medio de la admiración y regocijo de los curiosos.

Vestidos de los diablos
El vestido más lujoso era el que utilizaba el Diablo Mayor y consistía en pantalones tipo bombachos cortos de seda negra, camisa de seda azul, chaleco negro, zapatillas de raso de color —parecidas a las que usan con la pollera—, medias largas hasta la rodilla entrelazadas con cintas de colores y grandes alas multicolores. Todo el vestido estaba adornado con pequeños cascabeles que tintineaban alegremente al bailar. Se cruzaba el pecho con una ancha faja cubierta de pequeños espejos en los que se reflejaba la luz del sol para producir destellos. Terminaba el atuendo con la máscara que era especialmente llamativa por la horrible originalidad de los rasgos, la viveza de los colores, la largura y agudeza de los cuernos y la fascinante impresión de los ojos. Detrás de la máscara, cayendo desde la nuca del personaje, colgaba una especie de moño confeccionado con un tubo cónico de cartón adornado con papeles multicolores que semejaban plumas de aves. En las manos llevaba el Diablo Mayor una especie de cetro o bastón de mando que utilizaba tanto para realizar los pasos de sus danzas, entrecruzándolo entre los dedos y haciendo juegos malabares en el aire como para dar órdenes a sus diablos subalternos y al público.

Los vestidos del Capitán y del Apuntador eran parecidos a los del Diablo Mayor, aunque más modestos y sin alas. Las tres Diablas, mujeres de los jefes, vestían polleras, pero sin tembleques porque las máscaras les impedían llevar adornos en el cabello. Los vestidos de los otros diablos eran ropa blanca corriente, pero manchados con anilina y yuquilla de variados colores, y las máscaras de cada uno de ellos eran confeccionadas de acuerdo a los rasgos característicos del animal que representaban.

Las máscaras
Las máscaras, que representaban cabezas de animales, eran verdaderas obras de arte. Mi padre, que era el encargado de confeccionarlas, usaba un barro especial de color negruzco o gris oscuro que no se desmoronaba cuando se secaba y que se conseguía en un lugar de las afueras de la ciudad denominado El Barrero, que hoy está completamente urbanizado. Mi padre, con habilidad artística, daba formas al barro de acuerdo con el diablo o animal cuya cabeza debía representar. Cuando los moldes escultóricos estaban secos, eran cubiertos con una capa de parafina o sebo de vaca para evitar que se pegara el papel de periódicos que habría de cubrirlos para formar la máscara.

El papel se iba colocando en forma de tiras engomadas, unas sobre otras, hasta darle a la cubierta el espesor necesario que sería equivalente al espesor del cartón grueso, pero no excesivamente porque la máscara no podía resultar muy pesada. Terminada la cobertura de papel, se ponía a secar al sol junto con el molde de barro del interior. Cuando el sol completaba su tarea, el barro seco se contraía y se desprendía fácilmente de la cubierta de papel.

Ya desprendida lo que sería propiamente la máscara, mi padre procedía a la decoración. Utilizaba pintura de colores llamativos, vivos, brillantes, especialmente diversas tonalidades de rojo, amarillo, verde, negro y azul. El resultado final era una verdadera obra de arte escultórico y pictórico.

La danza y la música
La danza de los Gran Diablos consistía básicamente de tres movimientos que se realizaban de acuerdo con la música, que también incluía tres partes. El primer paso consistía en una serie de vueltas en círculos concéntricos. El segundo paso era una serie de saltos que requería una gran agilidad de piernas, porque se sincronizaba el cruzamiento entre las piernas de un bastoncillo hecho de matillo y adornado con papel de colores que, generalmente, incluía algunos cohetes. El tercer paso era un escobillado rápido de los pies en armónica conjunción con las notas musicales, especialmente de la caja. El Diablo Mayor era siempre el mejor bailarín del grupo y por eso constituía todo un espectáculo cuando los diablicos hacían dos filas para que pasara bailando entre ellos.

La orquesta consistía en un rabel, una mejoranera y una caja pequeña. La salida de cada diablo se realizaba al compás de la música de esa orquesta y lo mismo cuando el grupo paseaba por las calles de la ciudad realizaba alguna de sus paradas.

Reitero que la música se dividía en tres partes o movimientos a los que el diablo bailador debía ajustar los pasos de su danza. Aún viene a mi mente los nombres de los grandes bailadores y Diablos Mayores como Ramón Adames, Pablo González y Alberto Jaramillo, cuya apostura y vistosidad de bailes fueron la admiración de varias generaciones de santiagueños que todavía recordamos nostálgicamente a un Santiago que se fue hace muchos años.

Como se puede observar a través de este bosquejo que, seguramente, peca por algunos detalles que se me pueden haber olvidado, había muchas diferencias entre los Gran Diablo de Santiago, en sus danzas, vestidos, música y orquesta con los otros diablos, diablicos o Gran Diablos de otras regiones del Panamá.



(*) José Luis Rodríguez Vélez (Santiago de Veraguas, 1915 – Panamá, 1984), compositor, director de orquesta y educador veragüense. Autor de docenas de cumbias, boleros, danzas, pasillos, valses, marchas e himnos de colegios e instituciones. Fundador y director de la orquesta "El Patio" y de varias bandas, orquestas, coros y agrupaciones musicales en su natal Santiago y en Soná. Como intérprete, se destacó en el saxofón, el clarinete y la guitarra. Profesor de música, organizador de festivales musicales y encuentros de bandas y coros. Fue declarado Hijo Meritorio del Distrito de Santiago en 1966. El Gobierno de Panamá le otorgó la Condecoración "Manuel José Hurtado" en 1975 por su labor educativa.

13 de junio de 2009

ENTREVISTA SOBRE LA INTEGRACIÓN, EL ARTE Y CENTRO AMÉRICA

Entrevista realizada el 2 de junio de 2009 por el periodista Juan José Rodríguez, corresponsal de France Presse (AFP), con motivo del encuentro regional de artistas y el lanzamiento del portal ¡Mucho Gusto! Centroamérica, parte del Programa de Apoyo a la Integración Centroamericana (PAIRCA).

Juan José Rodríguez: ¿Existe una integración cultural a nivel centroamericano? ¿Por qué?

José Luis Rodríguez Pittí: Antes de responder a tus preguntas, debemos recordar algo importantísimo: la cultura de cualquier grupo humano es la suma, dinámica, siempre cambiante, de muchas identidades culturales. Las del individuo. Las de cada persona. Identidades individuales que a su vez siempre son de diversos orígenes. Y cambiantes.

Y esto es cierto tanto en el núcleo familiar (donde sin duda podríamos hablar de la mayor homogeneidad), como en el barrio, los gremios, las provincias o regiones, los países completos y, en este caso, Centroamérica.

Así, siendo la cultura una colección diversa y siempre cambiante de identidades culturales individuales, al hablar de integración no lo hacemos de homogeneidad. De mezcla pareja. De costumbres similares. No se puede, aunque se intentara, convertir esta gran diversidad que es Centroamérica en una sola cosa. Pero sí podemos hablar de entendimiento. De aceptación. De comunicación. De valoración del aporte individual, de cada cultura, de cada grupo humano de los muchos que forman esta parte del continente.

Dependiendo de la región dentro de Centroamérica, existe desconocimiento mutuo (y a veces falta de aceptación, incluso entre miembros de los mismos países). Las fronteras, las guerras de décadas pasadas, los costos relativamente altos para viajar entre países, e incluso entre regiones aisladas unas de las otras han dificultado nuestras relaciones.

Por otro lado, nos cuesta aceptarnos. A veces pretendemos ser otra cosa que no somos. No valoramos nuestras culturas individuales. No entendemos que todas esas etnias que conviven en el centro del continente son, en su diversa riqueza, una cultura rica que sólo existe enCentroamérica.

Sin embargo, eso está cambiando poco a poco. En las últimas dos décadas, terminado ese periodo pernicioso de guerras, invasiones y dictaduras, está surgiendo una cultura que se comunica, que empieza a aceptarse, que se busca. Los medios de comunicación modernos, sobretodo los electrónicos, nos están permitiendo conocernos más. Disfrutar de nuestra diversidad y darnos cuenta de nuestras semejanzas, que son muchísimas. Al menos entre los artistas. Y eso es importantísimo porque los artistas, cuando son verdaderos, son los que marcan las pautas.

JJR: ¿No cree que cuando se habla de integración centroamericana se le da más importancia al tema económico o comercial que a otros como la integración cultural?

JLRP: Sí. Y es lamentable.

La Organización de las Naciones Unidas considera que la cultura es necesaria para lograr algunos de los Objetivos de Desarrollo del Milenio, como la reducción de la pobreza y el desarrollo sostenible. Sin embargo, los gobernantes, los medios, la mayoría del público no lo entiende así y ve la cultura como algo cosmético o accesorio. Sin embargo, más allá de un instrumento para el progreso material, la cultura es el fin y el objetivo del verdadero desarrollo. Sino lo entendemos así, la llamada integración centroamericana sólo traerá buenos negocios pasajeros y no un verdadero desarrollo económico.

JJR: ¿Cree que hay una verdadera identidad centroamericana como para integrarse culturalmente?

JLRP: Aún con la gran diversidad que nos enriquece, tenemos raíces comunes. Nuestros países, paso obligado entre el sur y el norte de América, recibieron lo mejor de las culturas precolombinas más importantes y prósperas. Luego recibieron la influencia de los mismos europeos y, en menor medida, aunque no menos importante, la de los grupos africanos. Los puntos comunes son más importantes que las diferencias.

JJR: ¿Por qué es necesaria a su entender una integración cultural en centroamérica?

JLRP: Como te decía en una respuesta anterior, la cultura es el fin y el objetivo del verdadero desarrollo. Sin una verdadera integración cultural, cualquier esfuerzo que se haga en Centroamérica o cualquier región del mundo sólo traerá buenos negocios pasajeros y no un verdadero desarrollo económico.

JJR: ¿Cuáles son los campos de la cultura (cine, música, teatro, otros, que más puede explotar Centroamérica como región?

JLRP: Centroamérica tiene una gran riqueza en lo que se refiere al teatro, la poesía y la narrativa, la música, la pintura y la gastronomía. Con más apoyo, podría desarrollar el cine, aún incipiente, y otras manifestaciones artísticas que requieren de grandes inversiones. Sin embargo, hay problemas tan básicos, como la dificultad para que el libro circule, por poner un ejemplo concreto de muchos, que deben ser resueltos si queremos desarrollar más nuestras manifestaciones artísticas a nivel regional. Debemos aprovechar que somos cuarenta millones de personas con un idioma y una cultura muy similar.

JJR: ¿en qué campos estamos más avanzados y en cuáles más atrasados?

JLRP: En lo cultural, estamos más avanzados en lo privado. Existen gestiones formales con objetivos de alcance regional, como el llamado que hizo la Asociación de Escritores de Panamá en 2005 para formar la Federación de Escritores Centroamericanos. Sin embargo, se encontró desde sus inicios con problemas para su fundación por las diferencias en las leyes de cada país. Al final, devino en una organización informal.

Por otro lado, existen gestiones informales o privadas de alcance más local. En esta categoría debemos incluir los festivales, bienales y otras convocatorias que siento que tienen un éxito, quizás aún sin proponérselo, en el asunto de la integración cultural de la región.

En fin, queda mucho por hacer.

JJR: ¿Están los países verdaderamente involucrados en la cultura cuando muchos no tienen ni propiamente un Ministerio de Cultura? ¿Se conoce el presupuesto regional para cultura? ¿Hay alguna cifra?

JLRP: Te puedo hablar por Panamá. En este momento tenemos un Instituto Nacional de Cultura, el representante del gobierno ante los artistas, creadores y gestores culturales, que funciona con un presupuesto de subsistencia. Pero los gobernantes parecen no entender lo que la ONU, como te comenté en una respuesta anterior, tiene muy claro: la cultura es necesaria para lograr algunos objetivos de desarrollo que debería ser los más importantes de cualquier nación. (Para tratar que entiendan eso, hemos tenido una lucha constante; el ejemplo más reciente es la carta que le enviamos a los candidatos a presidentes, que puedes leer [[AQUÍ]] y el foro que tendremos a finales de junio al que te invito desde ya.)

9 de marzo de 2009

El diablo Tun Tun

Hace 500 años los europeos llegaron por primera vez a tierras panameñas. Arribaron poco a poco a Bocas del Toro, el norte de Veraguas y lo que hoy se conoce como Colón en ese Caribe mágico de Panamá. Venían sobretodo de Andalucía, de esa África Ibérica que los antepasados del hombre empezaron a habitar hace un millón de años dejando su huella en forma de un arte que se fue renovando, sofisticando, sin olvidar sus raíces primitivas y mágicas, sin dejar de pagar tributo merecido a diablos y dioses antiguos y poderosos. Punto de paso, nacimiento y muerte de diversas culturas, a finales del siglo XV, cuando los primeros europeos se aventuraron a cruzar el oceáno misterioso, Iberia era al mismo tiempo África y Europa, Mediterráneo y Atlántico, punto de convergencia de latinos, germanos, celtas, vascos y moros que pronto, no lo sabían aún, se mezclarían con el hombre americano y nuevas oleadas de africanos para formar una raza más rica y compleja que la que habitaba Al-Ándalus hasta ese momento.


Nuevos dioses, nuevos diablos, nuevos ritos fueron el resultado de las nuevas alianzas culturales que se dieron en este otro punto de paso, la nueva Andalucía, la nueva África Ibérica en el Caribe, Babilonia en América. Cumbias, diablicos, salomas, el espíritu de Nuchu, bunde y bullerengue, la virgen guerrera, los dioses desconocidos y una lucha nunca concluida entre el bien y el mal, dios y el diablo, el blanco y el negro y el indio y el chino y el gringo que en Panamá se mezclaron libremente dando origen a una cultura que aún no es conciente de su singularidad.

Este sábado 14 de marzo en la antigua comunidad de Portobelo, pueblo ubicado en la hermosa bahía bautizada por Colón con el mismo nombre en 1502 y en la que reposan piratas famosos muertos por mosquitos, soldados y bucaneros que se enfrentaron a muerte en numerosas batallas, esclavos rebeldes que lucharon a muerte por la libertad, gente que dio todo por obtener parte de esas fabulosas riquezas que España sacó a la fuerza del sur de América y hogar de un Cristo tallado en madera negra que hace milagros a la gente humilde, se celebrará el Festival de Diablos y Congos 2009.

Fiesta antigua de origen desconocido. Mezcla de tradiciones más antiguas que el lenguaje escrito. Mezcla de esa riqueza cultural que en los últimos 500 años ha hecho de Colón su hogar. Diablos y Congos: enfrentamiento eterno entre las fuerzas que rigen el cosmos, y baile refugio y proclamación de libertad de antiguos esclavos. Este sábado el Diablo Tun Tun, que ya debe andar suelto por los callejones de Portobelo, será capturado y bautizado, mientras los congos hacen de las suyas burlándose del yugo de antiguos amos con su lenguaje lleno de sensualidad y ritmo pegajoso.

Fotos por el autor del Segundo Festival de Diablos y Congos 2001 en el Fuerte de San Gerónimo en Portobelo.