20.12.13

BOMBAS, BALAS Y MARIPOSAS


Otra vez este doloroso rito de recordar las bombas cayendo sobre mi ciudad apenas cuatro días antes de la Nochebuena, los muertos que muchos pretenden olvidar, los argumentos de la gente simple que cree que la historia es una especie de partido entre dos equipos muy bien delineados y que justifican una bandera negra o una bandera blanca olvidando el espectro extenso que colorea cualquier sociedad.

Ese día de diciembre de 1989 fuimos brutalmente humillados.

Hay que empezar por aceptarlo.

El ejército más poderoso del mundo nos golpeó con una fuerza imbatible y criminalmente exagerada, rompiendo ese principio que aparece en libros tan antiguos como el Mahábharata o el Deutoronomio, y codificadas en tratados modernos, según el que se condena el uso de fuerzas exageradas y la destrucción de poblaciones civiles. Fue una “guerra injusta”, para usar el término de las academias militares, con el absurdo nombre de causa justa.

Panamá era un país con un ejército de menos de 3,000 personas, preparado más que nada para enfrentar protestas civiles, actividades delictivas y para defender a Noriega en sus negocios, que incluían el tráfico de armas y drogas, que hizo precisamente para los gringos durante los muchos años que fue subalterno del mismo George H. W. Bush que ordenó la invasión. Negocios que, en Panamá, la mayoría le permitió sin protestar durante esa primera mitad de los años ochenta. Hasta que se desató el escándalo Iran-Contras el 3 de noviembre de 1986 y Noriega se convirtió en un estorbo para sus jefes, en especial durante la campaña presidencial en 1988 de Bush, en ese entonces vicepresidente. Año que empezó con la acusación formal en febrero de Noriega en un juzgado de Florida.

Por otro lado, en diciembre de 1989, Estados Unidos tenía una fuerza de 35,000 personas que se habían dedicado los años previos a realizar maniobras por todo el territorio panameño, con el monopolio del cielo y el mar, ya que Panamá no tenía nada que se pudiera considerar aviación o marina de guerra. Sin embargo, la noche del 19 de diciembre, desde Estados Unidos viajaron tropas adicionales y la fuerza aérea más sofisticada jamás enviada a una guerra, totalizando 27,000 personas las que participaron en la invasión.

Es tan injustificable como si una tropa de policías molieran a golpes a un maleante después de apuñalarlo y dispararle.

Y aunque Noriega era un maleante, Estados Unidos no era la policía. Y Noriega era uno solo de los miembros de las 3,000 tropas panameñas que no hicieron mucho para defender a nadie.

Y en esta guerra no murieron delincuentes, murieron vecinos de diversos barrios de Panamá.

Murió gente inocente, gente desarmada, gente que nada tenía que ver ni con el maleante de Noriega, ni con el maleante de Bush, ni con este plan corriendo desde antes que Díaz Herrera denunciara la corrupción del gobierno al que había pertenecido. Corrupción que hemos permitido y seguimos permitiendo impune en un país donde es encomiable y socialmente aceptable hacer carrera política con el objetivo de enriquecerse de negocios estatales corruptos. Porque con la invasión no hubo cambio alguno en Panamá. Otros se llevaron a Noriega, pero nosotros dejamos que continuara el mismo sistema podrido que hemos tenido desde el inicio de la República y que se renueva cada cuatro años en esta ilusión que nos venden con el nombre de democracia y que aceptamos alegremente.

Ilusión que necesita que aprendamos y repitamos conceptos muy simples, como ese que dice que el que condena la invasión es un maleante que defiende a Noriega, que las toneladas de bombas que cayeron esa noche sobre el Chorrillo no provocaron el incendio de ese barrio de madera, o que la invasión de hace casi un cuarto de siglo fue una liberación que debíamos celebrar, como en efecto muchos lo hicieron. Una ilusión que necesita que nos olvidemos de la historia, de los muertos, de los motivos, de las bombas, de las balas. Una ilusión que exige que creamos en esa mariposa de colores que llamamos equivocadamente democracia.

Una ilusión de bombas, balas y mariposas.

3 comentarios:

Anónimo dijo...

Porque con la invasión no hubo cambio alguno en Panamá. Otros se llevaron a Noriega, pero nosotros dejamos que continuara el mismo sistema podrido que hemos tenido desde el inicio de la República y que se renueva cada cuatro años en esta ilusión que nos venden con el nombre de democracia y que aceptamos alegremente.
TU MISMO LO HAS DICHO.... TODOS

Lily G. dijo...

Me gusta mucho tu estilo. Soy una superviviente de esa nefasta fecha. Por fin me atreví a escribir sobre ello luego de 20 años. Puedes ver el artículo en mi blog Saturno Maldito. Saludos,

Alex Mariscal dijo...

No puede decirse que no hubo cambios. Como consecuencia de la invasión a Panamá las calles se poblaron de indigentes, otros barrios se poblaron de los deshabitados del Chorrillo, y el país, es decir todas las instituciones, mismas que no son más que los hombres y mujeres panameños y panameñas, tuvieron que asumir el costo de la reconstrucción y el orden del país. Hubo gente en los cementerios, en los hospitales, entre ellos en los psiquiátricos, en los tanques de basura, y por supuesto aquellos que en bolsas negras , jamás pudieron decir, esta boca es mía. Hubo un gran cambio, sí Señor. Sólo que el cambio no fue precisamente JUSTO!