Pasa la gente frente a la catedral.
Todos entran por una hora, con calor. Se abanican con cartones, La Sagrada Lectura, lo que sea. Esperan sin escuchar lo que el cura tras el púlpito les dice. Se remueven en sus asientos con tedio evidente.
Salen, y se saludan cordialmente en la entrada. Hablan babosadas.
Pasa la gente frente a la catedral.
Las puertas se cierran completamente, y todos caminan de largo. Pero yo sigo allí. Justo en medio de la entrada. Y nadie, en ese largo tiempo, ha notado mi presencia invisible.
Después de todo no existo, sólo soy un mendigo.
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© José Luis Rodríguez Pittí, texto e imágenes. Todos los derechos reservados.
"Crónica de invisibles" publicado por primera vez en "Crónica de invisible" (UTP, Panamá, 1999)
"Gente hacia la Basílica de Atalaya" aparece por primera vez en esta página.
www.pieldetigre.com
4 de diciembre de 2007
CRÓNICA DE INVISIBLES
27 de abril de 2007
LA ANGUSTIA
Doble sueño, doble visión, dos historias muy distintas la una de la otra y un sólo gesto misterioso en cada una. Una mueca irracional, angustiosa, que aún no comprendo y se resiste a todo análisis, negándose a pasar siquiera por los mecanismos lógicos más elementales de mi mente.
Pero no indaguemos más. Mejor hagamos de las dos alucinaciones una única ficción.
—Hazme el amor.
—La cuenta, por favor.
Entran al auto estacionado a la entrada del restaurante. La gente pasa. El letrero luminoso brilla con intensidad.
Se besan con ardor.
Ella en sus brazos. Él la acaricia, mientras la abraza con ternura. Le desabotona la blusa y, con placentera delicadeza le toma un seno, luego el otro.
—Vamos, aquí no.
Se componen y salen raudos de allí.
Antes de que les abran la puerta metálica, él le desabotona nuevamente la blusa y, con un rápido y preciso movimiento en la espalda, le quita el sostén. Ella, con torpe desesperación le arrebata la corbata y lo despoja de la camisa.
El anónimo anfitrión abre finalmente la entrada y ambos quedan al pie de la cama. Él sentado. Ella de pie, desnuda desde la cintura.
Él la besa en el abdomen, con creciente excitación y una ternura especial. Pero al mirar de pronto hacia arriba, ve en su rostro un gesto que no comprende, pero que inmediata e irremediablemente perturba la paz de su alma y le llena de angustia.
Nada sucede entonces, y esa noche sueña con la más terrible mortificación.
La procesión de negro sale de la iglesia. Al frente, un ataúd funesto es cargado por seis hombres de luto perfecto. La carroza espera con la puerta abierta.
—¡En andas, hasta el cementerio!
La puerta se cierra y los seis encabezan la marcha con su aciaga carga, seguidos por el coche vacío.
El silencio es roto sólo por el cuero al golpear el asfalto.
El calor, producto supremo del sol, es intenso. En el camposanto han abierto un vientre en la tierra y dos hombres esperan sin prisa, apartados, para cerrarlo de nuevo.
El féretro es colocado sobre las dos cintas del mecanismo que lo bajará despacio, en silencio mortuorio, hacia el fondo de la cavidad. Antes de accionarlo, el más triste de los seis lúgubres hombres se acerca al cajón y levanta la ventanilla de la tapa para mirarla por última vez.
Y al mirar, ve con horror ese gesto que aún no comprende, que después de tanto tiempo vuelve para perturbar una vez más la paz de su alma con la más terrible angustia.
Nada más sucede. Y esa noche, que ahora se hace eterna, sueña con la más terrible mortificación.
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© José Luis Rodríguez Pittí
Publicado por primera vez en el libro "Crónica de invisibles" (UTP, Panamá, 1999).
13 de abril de 2007
EL INCIDENTE DEL CINEMATÓGRAFO
Anoche, en la tanda de las nueve, me sucedió un curioso incidente en el cinematógrafo. Yo iba con ella, la de siempre, a la misma salita (ínfima salita) de multisala de cine moderno. Nos colocamos más o menos hacia el centro, sin vecinos a los lados y sólo un par de pequeñas señoras enfrente. Apagaron las luces, e inició la tanda de anuncios.
A medida que pasaba el desfile de basura, el local se fue llenando. A mi lado derecho, con descuidado ruido, se sentó un grupo de cuatro personas, o más correctamente, un equipo de dos parejas. La integrante femenina de una de las dos quedó precisamente a mi lado.
No podía verle el rostro por lo avanzada de la oscuridad, pero sí podía sentir su incitante olor a Floré® (el ® es de rigor, exigido por los abogados del editor de esta publicación), a flores, a hembra olorosa en la oscuridad del cine. Claro, yo iba acompañado, y todo esto lo pensé muy en el fondo, sin siquiera insinuarlo con un gesto.
La miré con disimulo. Más bien: observé, solapadamente, la silueta de su rostro hasta que el tenue fosforecer reflejado de la montaña que aparecía en la pantalla me dejó verle brevemente el busto. Quiero decir, me permitió ver lo que en escultura llamamos un busto, el tórax, su tronco de tronco de hembra. De lo que ví, percibí que era bien parecida en aspecto y proporciones, y con el estudiado aroma que, estoy seguro había tardado en elegir, me pareció sensual.
La cinta empezó con mil créditos y un asesinato. Acción inmediata y cero argumento, filmada a la carrera (por un camarógrafo corredor), actores con el aspecto y las maneras de una cruza mal hecha entre un rudo obrero y un iletrado marinero pirata, y una infinidad de hermosas mujeres de mentira. Otra película aburrida que, sólo por complacencia, tenía que aguantarme.
No sé, en verdad, cómo empezó todo pero, de pronto, me encontré con la rodilla de mi vecina. Quiero decir: mi rodilla se topó por un momento con la de ella. Apenas tuve tiempo de darme cuenta consciente de ello, pues con rubor (imaginario, obviamente) ella la apartó de inmediato.
No le di color al asunto. No gasto el intelecto en perversiones, y ese hecho sin importancia hubiera desaparecido de mi mente si no hubiese sucedido más nada luego. Pero después de otro rato de aburrimiento, la rodilla de ella volvió a topar a la mía. Como dije, no me considero depravado, pero ya la cosa, aunque seguía pareciendo accidental, se volvía más interesante que la cinta.
Igual que en la primera ocasión, ella retiró rápidamente el miembro. No, mejor menos literario para evitar malos pensamientos: retiró rápidamente la extremidad, su rótula.
Con la periferia de mi retina, repleta de esas células en forma de bastón que nos dejan ver de noche o muchísima imaginación, no sé, creo que la vi mirando de reojo hacia mí. Sí, eso me pareció y ahora estoy seguro, porque mientras yo la veía, volvió a chocarme con su pierna.
Claro, para ese entonces yo tenía la mía pegada al borde derecho y cualquiera (con ojos nocturnos de búho), hubiera dicho que era fácil que ese accidente ocurriera. Pero yo sé que no fue así. Fue: me rozaron la rodilla mientras me miraban de reojo.
Así de sensual, en la tanda de las nueve.
Y es que, en esos movimientos hubo pasión y una gran carga de sexo y gozo. No sé por qué, pero así lo siento. Fue erótico, aunque nuevamente, debo admitirlo, el toque no fue más que un momentáneo roce. No. Con un roce no hay presión. Empiezo otra vez: debo admitirlo, no fue más que un toque momentáneo.
Claro, si hasta aquí hubiera llegado todo, podrían tildarme de enfermo perverso. Lo sé, y lo admito. Pero no aconteció de esa manera. A pesar de que a mi izquierda me tenían agarrado por el brazo, la siguiente vez la cosa no fue un simple toque momentáneo. Su rodilla y la mía se pegaron nuevamente pero, a diferencia de las veces anteriores, no se separaron. Corrección: a diferencia de las veces anteriores, su pierna entera no se separó de la mía.
Acepto que mi muslo ya para ese entonces era una roca inamovible del borde derecho de mi puesto y, por unos instantes, pensé que el asunto no era más que un accidente. Y aunque deseaba que no, quise creer que mi amiga (mi amante de pierna) creía que se apoyaba en el brazo de mi silla.
Así estuvieron las cosas por unos instantes. Yo no hacía el menor gesto. Ella no se inmutaba. El contacto de nuestras partes era intenso, hondo y riguroso. Su rodilla ahora hacía círculos contra mi muslo. Mi pierna se movía arriba y abajo. Rozábamos los miembros, su pierna desnuda, la mía encapuchada (tiempos modernos estos). Sentía placer en aquello. Sospecho que ella también. No sé más.
Pasó el tiempo, medido por las escenas insulsas de la película aquella, y por nuestras extremidades que jugaban a derecha e izquierda, la mía y la de ella. Y así todo acabó. La película llegó al final, con el héroe y la chica juntos, y los malos acabados. Yo sudaba copiosamente, cuando oí un largo suspiro a mi lado.
—¿Nos vamos?
—Sí. Nos vamos.
Me incorporé. Ya ella lo había hecho apresuradamente en la dirección opuesta, tomada de la mano de otro. Sólo tuve tiempo de ver su espalda (su cabello de bronce cayendo sobre su hermosa figura).
Esto nunca lo supo mi compañera de entonces. Nunca lo ha sabido nadie hasta ahora. Pero a pesar de no haber visto nunca su rostro, saber quién era, oír su voz, acariciar su piel o mirar sus ojos, aún la recuerdo con fervor: su olor apasionante, su perfecta presencia, nuestro sensual encuentro.
Eso fue hace un año. Ahora voy al cine asiduamente. Con otra, con otras. ¡Qué más da! El objetivo es el mismo siempre, ajeno a quien me acompañe.
Aún la busco con celo. Busco aquel olor a Floré®, aquella pierna deliciosa, aquella hembra olorosa en la oscuridad del cinematógrafo en la tanda de las nueve.
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© José Luis Rodríguez Pittí
Publicado por primera vez en el libro "Crónica de invisibles" (UTP, Panamá, 1999).
21 de marzo de 2007
PIEL DE TIGRE
En el suelo de mi cuarto está la piel curtida de un gran gato americano. No sé quién, ni porqué, cometió la gran bajeza de quitar la vida a tan noble felino. Le arrancaron la hermosa túnica veteada, que en vida le sirvió de guarida contra el frió y la humedad, y de cuartel en la caza entre la maleza.
La curtieron por tres meses con mangle y agalla, y la secaron al salobre viento de este desierto creado por los hombres. Y aquí está. Una parte de aquel magnífico tigre, que mató grandes vacas y veloces venados, desgajándoles el cuero con sus afiladas garras y colmillos. Hoy está aquí, a mis pies, aquel que un día fue el terror, capaz de ver en la noche, oler a la distancia y oír lo inaudito, aquel cuyo olor fue miedo y su grito muerte. Aquí, en mi propio cuarto, yace en el suelo la piel del jaguar que algún hombre mató de un ruin y cobarde tiro de escopeta.
¡Qué desperdicio! ¡Qué falta de conciencia! Tanta belleza la de la suave piel moteada de ese esbelto y ágil animal, y hoy sólo es una infame e indigna alfombra.
Sus ojos, nariz y oídos ya desaparecieron, pero aquí, en su antiguo abrigo todavía quedan los orificios. Y aún asustan. Igual que aún atemorizan las grandes patas que conservan los enormes hoyos que una vez penetraron sus agudas garras.
No sé qué hacer. No puedo dormir en esta madrugada, pues me parece que el alma del tigre aún puede acechar en la noche. Y su piel está aquí. Y la toco levemente y la acaricio con fascinación. Ahora es dura, pero qué suave y flexible debió ser cuando corría libremente cubriendo a su dueño.
Y mientras le paso la mano por encima, esta se me vuelve de color pardo. Y se ve hermosa, pues está moteada como la piel del felino que inútilmente murió hace quién sabe cuánto.
Es tarde. Es de noche y el aire entra por la ventana cargado de olores. Siento hambre y una feroz necesidad de salir a correr sigilosamente; siento la angustia del encierro y la ansiedad del vasto monte, el anhelo de ser libre.
Debo salir ya, mi piel es parda y moteada y aunque la lámpara se ha roto al caer, aún veo bien. Y los olores me excitan y los sonidos me llaman. Y mis garras son filosas y mis dientes puntiagudos.
Afuera ha de haber un venado que ya se agita nervioso porque voy por él.
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© José Luis Rodríguez Pittí
Publicado por primera vez en el libro "Crónica de invisibles" (UTP, Panamá, 1999).





