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5 de diciembre de 2007

CIELOS MONOCROMÁTICOS A LA ORILLA DEL MAR

El mar. El mar poderoso. El mar infinito. El mar eterno. El mar divino. ¿Qué clase de criatura poderosa es, Dios antiguo, que nos atrapa y encarcela en su inmensidad de cielo y horizonte? Verde, azul, rojo, oscuro o claro, iracundo o sereno, evidente o misterioso, el mar ha ejercido en mí una fascinación que nace de lo más profundo, lo más elemental, lo que me define como ser humano.

Y es que al mar le debemos todo. Hace cien mil años empezamos a cambiar, dejamos de ser primitivos, desarrollamos el lenguaje, el arte, las herramientas básicas que por un millón de años habían usado nuestros antepasados las hicimos complejas, más eficientes, nos reunimos por primera vez en sociedades, no sólo grupos de gente, todo a la orilla del mar, poco tiempo después de que aprendimos a pescar. Del mar salió el alimento que nos dio el cerebro moderno, que nos hizo seres humanos.

Hoy, ruta de transporte, de comercio, no deja de ser importante para los hijos de esos seres que hace cien mil años apenas sobrevivían, luchando por no languidecer con hambre, con miedo, en una ignorancia casi animal.

Y hoy, igual que siempre, el mar nos inspira con sus cielos, sus colores, ese volumen fascinante, sus días luminosos y sus noches estrelladas, esa inmensidad, esa sensación de infinita libertad, perfecta libertad.

***

Inicialmente iba a ilustrar esta edición con fotos de un portafolio que preparé lentamente durante los años noventa. Una colección de esos objetos, curiosos, interesantes, que el mar nos devuelve en las costas, transformados por el tiempo y la corrosión (una de esas imágenes, un muñeco de trapo, ilustra el cuento Sueños que aparece más abajo). Pero a última hora cambié de opinión; revisando las cajas de negativos, me encontré con estos cielos, parte integral del paisaje marino, que comparto hoy con ustedes y tomadas en las mismas playas, en los mismos rollos de película, que el resto del proyecto. También cosas que nos trae el mar, nubes enormes que lo coronaban al atardecer.

Las tras fotos son de las costas de Panamá, del cielo sobre el Océano Pacífico, las dos primeras en la provincia de Los Santos ubicada en el inefable sur de Azuero, y la tercera en Coclé, en pleno centro del país. Como dato curioso, dato técnico ya irrelevante, las tres imágenes fueron capturadas en película Kodak de 35mm, la primera en Tri-X, la segunda en T-Max 400 y la tercera en T-Max 100.

En ese tiempo solía hacer la mayoría de mis proyectos fotográficos en T-Max 400, que compraba en tanques de 1,000 pies y enrollaba manualmente en carretes de 36 exposiciones para ahorrar costos. Tiempos de cuarto oscuro con olor intenso a hidroquinona y ácido acético, y al cargar la cámara, ese especial aroma a emulsión fotográfica de plata que, entonces, procesaba con revelador T-Max o el venerable D-76. Tiempos interesantes, aunque no mejores que los actuales de tecnología digital que, además del control completo de la imagen, la sensibilidad superior, la precisión y la conveniencia, han dejado en el pasado para siempre la preocupación por los hongos en los archivos, el sucio y el grano en la película causado por errores o el simple apuro. Al fin, sólo debemos preocuparnos por la imagen, el sujeto y la luz, lo único importante en la fotografía.


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© José Luis Rodríguez Pittí, texto e imágenes. Todos los derechos reservados.
"Cielos monocromáticos a la orilla del mar" aparece por primera vez en esta página.
www.pieldetigre.com

4 de diciembre de 2007

CRÓNICA DE INVISIBLES

Pasa la gente frente a la catedral.

Todos entran por una hora, con calor. Se abanican con cartones, La Sagrada Lectura, lo que sea. Esperan sin escuchar lo que el cura tras el púlpito les dice. Se remueven en sus asientos con tedio evidente.

Salen, y se saludan cordialmente en la entrada. Hablan babosadas.

Pasa la gente frente a la catedral.

Las puertas se cierran completamente, y todos caminan de largo. Pero yo sigo allí. Justo en medio de la entrada. Y nadie, en ese largo tiempo, ha notado mi presencia invisible.

Después de todo no existo, sólo soy un mendigo.


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© José Luis Rodríguez Pittí, texto e imágenes. Todos los derechos reservados.
"Crónica de invisibles" publicado por primera vez en "Crónica de invisible" (UTP, Panamá, 1999)
"Gente hacia la Basílica de Atalaya" aparece por primera vez en esta página.
www.pieldetigre.com

SUEÑOS

Cosas que nos trae el marAquella madrugada, muy temprano, cuando aún el cielo era incoloro y los otros dormían, la niña despertó de pronto, sin sobresaltos, con una extraña sensación de gozo y alegría igual a la que había sentido en su último sueño. Por primera vez en mucho tiempo había dormido profundamente, disfrutando la aventura inigualable de los sueños hermosos que habían terminado, así de repente.

No había nada que explicara su súbito despertar. Los otros niños todavía dormían, revolviéndose de rato en rato, como siempre había sido; el suave murmullo de las aguas al bajar rápidamente por el canal era el normal, de todos los días; el ruido que producían a lo lejos los animales de la noche era el habitual; y el siseo de la fría y húmeda brisa nocturna al colarse por las rendijas de la vieja madera que cubría la entrada, era el conocido silbido de todo el tiempo. Nada, en la aparente quietud de aquella noche corriente, aclaraba por qué había despertado de forma tan repentina.

Pero no importaba. Ella ni siquiera pensaba en eso. Había soñado con su hermosa madre, de cabellos de oro que peinaba con ternura con un suave cepillo. Luego, en el sueño, la madre se viraba y con cariño y delicadeza la abrazaba, y sin decirse palabras, ambas disfrutaban del placer que hay en compartir con alguien que incondicionalmente nos quiere.

La sonrisa del sueño aún no se borraba de su rostro, y el sabor de la felicidad aún le llenaba la mente, aunque era extraño que así pasara. Pero ella dedicó el tiempo a recordar una y otra vez aquel hermoso sueño en que compartía con su madre, hasta que todos los niños despertaron, poco antes que fuera completamente de día.

Al amanecer, todos se levantaron y sin decir palabra movieron el tablón que los protegía de los ratones y otras alimañas y, tras salir, lo volvieron a su lugar. Luego, con el acostumbrado mal olor del agua inmunda de la zanja, que ese día les llegaba hasta los tobillos, se dirigieron en fila, por el sendero de las ratas, hasta la salida cuya tapa de metal tuvieron que levantar entre tres.

*****

Y así, sin más, los niños se dispersaron por la ciudad. Unos en pareja, algunos solos, encaraban al ruidoso y demencial tráfico que empezaba a pulular a medida que la urbe despertaba. Otros, casi siempre en grupos de tres, se enfrentaban a los hombres, a quienes quitaban algo, huyendo luego cada cual por su lado. Algunos, menos agresivos, dedicaban su día a recoger o a entregar los paquetes que un hombre, que siempre aparecía en la esquina de una gastada casa, les pedía que entregaran o recogieran de otros taimados individuos, que casi siempre se aparecían en coloridos autos de lujo por las sucias callejuelas de aquel barrio decrépito.

El día de la niña no fue diferente y pronto olvidó las alegrías que su mente dormida le regaló aquella noche, y se enfrentó con la valentía de siempre a la vida que ya la esperaba afuera del alcantarillado. Para vivir pedía dinero, parada sobre la raya amarilla de una negra avenida de la ciudad, a la cual llegó tras una hora de camino, y donde asomaba a las ventanas cerradas de todos los carros que por allí transitaban su rostro doloroso y sucio por el hollín del diesel quemado, dejando marcados a casi todos con la mugre de sus manos, y recibiendo nada en la mayoría de los casos.

Y así, tras observar innumerables peleas entre conductores, vendedores ambulantes, peatones y varias combinaciones de todos ellos, tras ser insultada, empujada, golpeada y varias veces manoseada, tras ser testigo del atropello y muerte de dos personas, tras presenciar la venta lícita o ilícita de objetos, alimentos, drogas, animales, servicios y hasta personas, tras ver cómo el sol subía por la derecha hasta llegar muy alto y bajaba por la izquierda hasta desaparecer detrás de un lote vacío, donde antes quedaba el último árbol de toda la larga calle, bajo el que a veces se refugiaba del calor, la niña se dio por vencida y caminó de regreso a su hueco, cansada y con sólo unas pocas monedas y un pedazo de emparedado mordido, que alguien a quien ya no recordaba le había regalado, para compartir la noche con los demás niños, que para ese entonces debían estar recorriendo el largo trecho de vuelta.

Pero ya, como siempre, se había olvidado de la mayor parte de los rutinarios sucesos de ese día. Desde hacía mucho tiempo conocía las maneras de sacar de la mente todo aquello que no le gustaba, todos esos instantes de martirio que debía soportar estoicamente. Por suerte para ella, tenía amigos entre algunos de los niños que le daban de esas cosas que conseguían de un tipo en una esquina y que servían para no recordar. Para no sufrir con los recuerdos. Para no llorar. Porque en la calle nadie llora. Porque llorar, no sirve de nada.

*****

Esa noche, como todas, los niños se congregaron bajo un poste iluminado, bastante cercano a la entrada metálica de su lóbrego hogar. Allí intercambiaron cigarros, pitos, agujas, piedras, pipetas, y lo poco de comida que durante el día robaron, les regalaron o se ganaron a cambio de algo. Pero los niños no dialogaban, no jugaban, no reían; tan sólo consumían sus vidas inútilmente, como el etéreo humo de las sustancias que se fumaban, bajo la luz terrosa de un farol de una calle.

La noche, esa noche, era tranquila. El aire se movía un poco, con flojera, como el tráfico que también era esporádico, pero no hacía calor, y los policías, que a veces iban sólo a golpearlos y acosarlos con desdén, habían decidido pasar esa noche merodeando por otro lado.

Por fin, cuando la modorra agobiante de la mitad de la noche los contagió a todos, decidieron sin palabras ponerse de pie para empezar a caminar quedamente, con desgano, hasta la tapa de su hoyo en el concreto, que entre tres debían levantar con la ayuda de una vara que escondían en una grieta secreta en la acera de enfrente.

De pronto, un auto veloz dobló por la esquina, y pasó frente a los niños, lanzando por la ventana una cajeta de colores brillantes. Todos corrieron, peleándose por alcanzarla primero, pero fue la niña, la más ágil de esa gavilla de chiquillos, la que llegó y la tomó primero.

Sin nadie que la molestara, se quedó inmóvil en el centro del camino, contemplando con orgullo e inocente placer infantil a través del plástico transparente de aquella gran caja de muñecas, apenas una de las tantas que esa niña afortunada tiró despreocupadamente a la calle. Luego, con amor y adoración cerró los ojos y abrazó fuertemente el obsequio que alguien a quien nunca conocería le había dado, y por segunda vez en ese día, pero con la intensidad inconmensurable de la realidad, la niña sintió esa extraña sensación de gozo y alegría que sólo se vive en los sueños.

Y fue tal la emoción y euforia que sintió por el regalo que le dieron, que no oyó el camión que pitó, frenó y trató, con la inútil pericia de aquel conductor, de esquivarla, desviándose lejos del centro del camino.

*****

Y así sucedió la espantosa tragedia. Los niños se dispersaron y cada uno durmió esa noche lo más lejos que pudo de ese lugar. El chofer del camión demoró más de veinte minutos en bajarse de la cabina, y cuando lo hizo caminó sin sentido varios kilómetros antes que lo pararan y se lo llevaran. La policía llegó, mucho después, y en una camioneta cumplieron fríamente con su deber de madrugada. Y cuando por fin concluyó todo aquello, a lo que casi nadie prestó atención, me acerqué a la única posesión que orgullosa tuvo la pequeña niña, y vi con horror que tan sólo se trataba de la caja, cruelmente vacía, de una de las tantas muñecas que una niña afortunada tiró con desidia una noche a una calle cualquiera.


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© José Luis Rodríguez Pittí, texto e imágenes. Todos los derechos reservados.
"Sueños" publicado por primera vez en "Crónica de invisible" (UTP, Panamá, 1999)
"Cosas que nos trae el mar, #34" aparece por primera vez en esta página.
www.pieldetigre.com

5 de agosto de 2007

TOQUE DE TAMBOR Y MEJORANA


En 2001 tuve el honor de diseñar el libro, "Toque de diana" (ISBN 978-9962-802-16-4), del poeta panameño Héctor Collado en el que aparece esta foto como ilustración de portada. ¡Qué tiempos aquellos! Por asunto de costos, las portadas de los libros de la Universidad Tecnológica salían en negro y un color (en este caso "rojo ladrillo"), y no se hacían separaciones, sino que había que enviarle a la imprenta dos hojas para que ellos hicieran dos negativos y los montaran, primitivamente, en una portada a dos colores razonablemente buena para el tipo de equipo con que se hacían, se hacen los libros de la UTP.

Encima de todo el equipo, cuasi fotocopiadora, sistema de offset, sólo admite imágenes de muy alto contraste, así que las fotos originales deben ser en blanco y negro, muy tramadas, o sólo se obtiene una mancha fea. Los últimos libros se han hecho usando separaciones de colores, abaratadas en años recientes, dando resultados notablemente mejores y los últimos dos los hicimos con fotografías a la medida a todo color. Es cierto, anteriormente los resultados no siempre fueron buenos, pero a mí me gustó mucho cómo quedó la portada de este libro de Héctor Collado.

Aún así, con ese sistema básico, en colaboración entre la UTP y ONE-ARROW.com, sacamos cuarenta libros (sesenta y cuatro contando los editados con otros colaboradores). Es decir, a pesar de las restricciones de equipo, en la imprenta de la tecnológica editamos más literatura que la que se ha hecho en cualquier otra editorial de Panamá. La universidad de los ingenieros al servicio del invento más hermoso del ser humano, el arte sublime de la palabra. Pero eso es tema de otro escrito.

En éste lo que importa es el poemario de Héctor. Una colección de poemas que invitan a la acción: ¡Tócamela!, ¡Siémbrame!, ¡Bésame!, Déjame salir de tu pupila, Construyamos un puente... Ah muchacha, Ah muchacha... Pero sobre eso, un homenaje a la mujer, "huella hermana de mi huella", a la que "hace lugar en su vida / para albergar la mía...", a la que se le pide "sepúltame debajo de tu corazón / como aquel nunca que siempre / como aquel siempre que nunca, / y llévame flores de sal / de cuándo en cuándo", a esa mujer especial y única de la que "yo sé de memoria sus territorios, / la geografía de su olor, / los accidentes de su lengua". Homenaje que sólo aquel que está dispuesto a erguirse para alcanzar y poder mirarla a los ojos podrá apreciar.

La foto del típico tambor panameño, encuentro del negro con el criollo, que es a la vez la coincidencia del indio con el europeo, origen de nuestra música más íntima, de nuestra cultura, es de una serie que hice en los noventa viajando por Veraguas, Herrera y Los Santos (más exactamente, entre La Mesa, Pedasí y Parita; entre Venao, Santa Catalina, la desembocadura del Santa María y el inefable Golfo de los Mosquitos), corazón geográfico y cultural de eso que llamamos panameño. Este tambor, en especial, era de un grupo cuyo nombre desconozco, que en plena ciudad de Santiago de Veraguas, un domingo cualquiera, se reunió en la avenida central, provocando un baile y esta foto con un toque especial, toque de tambor y mejorana.

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© José Luis Rodríguez Pittí
Foto publicada por primera vez en el libro de Héctor M. Collado, "Toque de diana" (UTP, Panamá, 2001).
El texto aparece por primera vez en esta página.

27 de abril de 2007

DE LA MANO HACIA EL FUTURO

Panamá tiene mucho de peculiar. Es la ciudad de origen Europeo más antigua sobre el Pacífico americano pero su gente, su esencia vital, la hace parecer una de las más nuevas sobre el Caribe. Es tan vieja en América y pareciera tan joven.

Fundada en 1519 y quemada por los piratas en 1671. Fundada de nuevo dos años después, y quemada por varios fuegos en el siglo XVIII. Reconstruida lentamente. Se alimentó glotonamente de lo que dejaba la gente que la atravesaba con la enfermedad obsesiva del oro descubierto en California en 1846, primero, y con la construcción del canal, después; cambió tanto su aspecto que es como si hubieran vuelto a fundarla. Dilapidada completamente por militares y civiles panameños corruptos y abusivos en las décadas del 70 y el 80, producto inevitable un siglo XX pleno de ese tipo de personajes públicos perniciosos que parecen haberse pasado a este siglo, sólo faltaba quemarla de nuevo. Con una mueca de burla, sin motivo real y como despedida, nos lo hizo el poderoso ejército de Bush, el viejo, durante la invasión de 1989. Reconstruida lentamente, la generación actual, que vió todo eso con la perspectiva de la infancia, se hizo adulta y la fundó con una fiesta inmensa al empezar el siglo XXI.

Panamá, fundada en el año 2000, es la ciudad caribeña más joven del Pacífico americano.

Y esto me lleva a la foto que ilustra esta edición. De sus símbolos antiguos, esos que la UNESCO ha declarado Patrimonio de la Humanidad, tal vez el paseo de Las Bóvedas sea el más significativo para mi. Construido en el siglo XVIII, es lo que queda de un fuerte, lleno de mazmorras y embarrado de la sangre de fusilamientos, construido para alojar a las tropas del ejercito español. Hoy, lleno de monumentos y con la vista más espectacular de la bahía y de los cada día más abundantes rascacielos, es un lugar cargado de la historia maravillosa de esta metrópolis sitiada por piratas, ocupada por ejércitos extranjeros y nacionales o atrapada en las circunstancias del destino. Con una brisa deliciosa que sólo allí se recibe del Pacífico, y una luz hermosa en las tardes que mueren en un rojo espectáculo tras los barrios viejos de siempre; de todos los sitios que existen en esta joven ciudad antigua, Las Bóvedas es uno de mis predilectos.

La foto que seleccioné para esta edición fue tomada allí. En un principio, sintiéndome lúgubre por el tema de los cuentos publicados en este número, me había decidido por una llena de las tumbas del cementerio francés. Sin embargo, esta foto me gusta mucho y no podía dejar de publicarla precisamente en esta fecha en que siento que algo importante, en dirección al futuro, está sucediendo. De la foto, para el que nunca ha estado allí, sólo añadiré que la pequeña pareja corre alejándose de Las Bóvedas, agarrados de la mano en el atardecer. Tomada muy a principios de los noventa, esos niños deben ser adultos jóvenes hoy, parte de la sociedad que construye el Panamá nacido en el siglo XXI.

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Hoy nos enteramos que Carlos Oriel Wynter Melo fue seleccionado para representar a los narradores panameños menores de 39 años, es decir, los nacidos en la década del 70 y el 80, en un encuentro de escritores que habrá en Bogotá dónde sólo participaran los 39 autores de esa edad más importantes del continente (ver nota [[AQUÍ]]). Y esta es la parte que debemos resaltar de la noticia: los 39 más importantes de menos de 39 años.

En lo personal, la noticia me alegró mucho. Creo que la selección es muy atinada dado que, en su literatura y su dedicación a las letras (es el autor de esta generación que más libros ha publicado), representa muy bien a los cuentistas panameños que empezamos a publicar en la segunda mitad de los años noventa, los nacidos en esa época.

Y me alegra que esta selección ocurra precisamente en la semana del escritor panameño. Y es muy significativo, por lo que dice la página de los organizadores del encuentro en Bogotá: "es hora de que nuestra literatura, disuelta hace décadas en glorias nacionales dispersas, recupere el brillo continental que tuvo en las décadas de 1960 y 1970 y suene con la fuerza de muchos talentos aunados."

Pues bien, en Panamá, a esa generación de autores pertenecemos los narradores Carlos Fong (1967), Jairo Llaurado (1967), Francisco J. Berguido (1969), Marisín Reina (1971), Carlos Oriel Wynter Melo (1971), Melanie Taylor (1972), Klenya Morales (1975), Roberto Pérez-Franco (1976), Gloria Melania Rodríguez (1982), Roberto Rivera (1983), Annabel Miguelena (1984) y quien les escribe esta nota (confieso que me enorgullece ser parte de este grupo), además de los poetas Javier Romero Hernández (1983), Sofía Santim (1982), Javier Alvarado (1982), Salvador Medina Barahona (1973), Lucy Chau (1972), Eyra Harbar (1972), Edilberto "Songo" González Trejos (1971), Porfirio Salazar (1970), Indira Moreno (1969) y Alexander Zanchez (1968) entre otros autores que continuamos creando y publicando activamente. Y esto sin contar a los escritores emergentes que sé que tienen libros en preparación y pronto darán mucho de qué hablar, como Gorka Lasa, Lissete Lanuza, Javier Medina Bernal, Lili Mendoza y Luigi Lescure, entre otros que están haciendo la nueva literatura panameña.

A todos ustedes, junto a las generaciones anteriores que siguen escribiendo en Panamá, les invito a que tomemos ese reto y llevemos de la mano a la literatura panameña al mejor lugar en este siglo XXI.

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© José Luis Rodríguez Pittí
El texto y la foto aparecen por primera vez en esta página.

13 de abril de 2007

FINAL DEL CAMINO


En febrero de 2005, la Universidad Tecnológica de Panamá publicó el poemario "Rezongos de Adán" del autor panameño Álvaro Menéndez Franco. Para la portada, seleccionamos esta foto que había tomado unos años antes en Gualaca, Chiriquí. El texto completo de la presentación del libro, que estuvo a cargo del escritor Roberto Pérez-Franco, se puede ver [[AQUÍ]].

Para ubicarnos un poco, Gualaca es el pueblo en el que empieza la otra carretera transístmica de Panamá, y une las provincias de Chiriquí y Bocas del Toro. Hasta que fue terminada en la década de los noventa, la única carretera que unía el Pacífico panameño con el Caribe era la que iba de la ciudad de Panamá a la de Colón.

La carretera atraviesa una de las zonas boscosas más hermosas que tiene Panamá, y abundan en el camino las aves exóticas, de las que sobresale el mágico quetzal, las cascadas de agua de montaña, la neblina que envuelve buena parte del camino y nos abraza con su espesa humedad, y los paisajes indescriptibles, de los cuales el más memorable es el que se tiene al empezar a bajar abruptamente la serranía para llegar al Caribe. En ese momento no sabemos si mirar a la montaña y disfrutar de las caídas de agua rodeadas de flores y mariposas, o mirar al otro lado y apreciar en su colorida belleza la presencia majestuosa del más sensual de los mares.

En fin, mucho queda por hablar sobre ese camino entre mares (el descubrimiento del Caribe por un habitante de lo mares del sur), pero esta anotación era sobre la fotografía. Así que disculpen la digresión.

De la foto, no diré el año en que la tomé, pero a los que les interesa, sirve de referencia saber que la imagen original no es digital, y está preservada en un negativo Ektar 25. Uno de los últimos que pude usar antes de que el fabricante lo descontinuara. De todas las emulsiones fotográficas que Kodak alguna vez produjo, para mí esa fue la mejor. Y no sólo por la sutil estructura del grano, sino por la hermosa paleta de colores, con sus rojos peculiares y azules intensos, que ayudaba mucho en la interpretación del trópico.

Finalmente, menciono como dato curioso que, en la portada del libro, la imagen aparece en blanco y negro, pues por falta de presupuesto no se podía hacer una separación de colores digna. Además de eso, el negativo que se usó en la imprenta se hizo de una impresión en láser con un fuerte tramado, para salvar las limitaciones de equipo y presupuesto de la UTP (que, a pesar de todo, ha realizado una labor única en cuanto a la publicación de obras literarias en Panamá). En esta página, la foto aparece por primera vez a colores.

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© José Luis Rodríguez Pittí
Foto publicada por primera vez en el libro de Álvaro Menéndez Franco, "Rezongos de Adán" (UTP, Panamá, 1999).
El texto aparece por primera vez en esta página.

3 de abril de 2007

INOCENCIA


En Pesé, Herrera, rememoran la pasión de Cristo con una representación en vivo que se hace cada viernes santo. Esta foto es la imágen final de un documental sobre la celebración de la semana santa en Azuero que hice allí a mediados de los noventa. Algunas de las fotos fueron publicadas en un portafolio que aún está en el sitio ZoneZero que maneja el fotógrafo mexicano Pedro Meyer. El texto al pie de esta imagen dice:

Al terminar las celebraciones, los implementos yacen olvidados en el suelo arenoso. Una niña camina, con delicada inocencia, sobre este feroz símbolo en nombre del cual se ha hecho buena parte de la historia de occidente.

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© José Luis Rodríguez Pittí
Publicado por primera vez en http://www.zonezero.com/