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5 de diciembre de 2007

CIELOS MONOCROMÁTICOS A LA ORILLA DEL MAR

El mar. El mar poderoso. El mar infinito. El mar eterno. El mar divino. ¿Qué clase de criatura poderosa es, Dios antiguo, que nos atrapa y encarcela en su inmensidad de cielo y horizonte? Verde, azul, rojo, oscuro o claro, iracundo o sereno, evidente o misterioso, el mar ha ejercido en mí una fascinación que nace de lo más profundo, lo más elemental, lo que me define como ser humano.

Y es que al mar le debemos todo. Hace cien mil años empezamos a cambiar, dejamos de ser primitivos, desarrollamos el lenguaje, el arte, las herramientas básicas que por un millón de años habían usado nuestros antepasados las hicimos complejas, más eficientes, nos reunimos por primera vez en sociedades, no sólo grupos de gente, todo a la orilla del mar, poco tiempo después de que aprendimos a pescar. Del mar salió el alimento que nos dio el cerebro moderno, que nos hizo seres humanos.

Hoy, ruta de transporte, de comercio, no deja de ser importante para los hijos de esos seres que hace cien mil años apenas sobrevivían, luchando por no languidecer con hambre, con miedo, en una ignorancia casi animal.

Y hoy, igual que siempre, el mar nos inspira con sus cielos, sus colores, ese volumen fascinante, sus días luminosos y sus noches estrelladas, esa inmensidad, esa sensación de infinita libertad, perfecta libertad.

***

Inicialmente iba a ilustrar esta edición con fotos de un portafolio que preparé lentamente durante los años noventa. Una colección de esos objetos, curiosos, interesantes, que el mar nos devuelve en las costas, transformados por el tiempo y la corrosión (una de esas imágenes, un muñeco de trapo, ilustra el cuento Sueños que aparece más abajo). Pero a última hora cambié de opinión; revisando las cajas de negativos, me encontré con estos cielos, parte integral del paisaje marino, que comparto hoy con ustedes y tomadas en las mismas playas, en los mismos rollos de película, que el resto del proyecto. También cosas que nos trae el mar, nubes enormes que lo coronaban al atardecer.

Las tras fotos son de las costas de Panamá, del cielo sobre el Océano Pacífico, las dos primeras en la provincia de Los Santos ubicada en el inefable sur de Azuero, y la tercera en Coclé, en pleno centro del país. Como dato curioso, dato técnico ya irrelevante, las tres imágenes fueron capturadas en película Kodak de 35mm, la primera en Tri-X, la segunda en T-Max 400 y la tercera en T-Max 100.

En ese tiempo solía hacer la mayoría de mis proyectos fotográficos en T-Max 400, que compraba en tanques de 1,000 pies y enrollaba manualmente en carretes de 36 exposiciones para ahorrar costos. Tiempos de cuarto oscuro con olor intenso a hidroquinona y ácido acético, y al cargar la cámara, ese especial aroma a emulsión fotográfica de plata que, entonces, procesaba con revelador T-Max o el venerable D-76. Tiempos interesantes, aunque no mejores que los actuales de tecnología digital que, además del control completo de la imagen, la sensibilidad superior, la precisión y la conveniencia, han dejado en el pasado para siempre la preocupación por los hongos en los archivos, el sucio y el grano en la película causado por errores o el simple apuro. Al fin, sólo debemos preocuparnos por la imagen, el sujeto y la luz, lo único importante en la fotografía.


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© José Luis Rodríguez Pittí, texto e imágenes. Todos los derechos reservados.
"Cielos monocromáticos a la orilla del mar" aparece por primera vez en esta página.
www.pieldetigre.com

4 de diciembre de 2007

CRÓNICA DE INVISIBLES

Pasa la gente frente a la catedral.

Todos entran por una hora, con calor. Se abanican con cartones, La Sagrada Lectura, lo que sea. Esperan sin escuchar lo que el cura tras el púlpito les dice. Se remueven en sus asientos con tedio evidente.

Salen, y se saludan cordialmente en la entrada. Hablan babosadas.

Pasa la gente frente a la catedral.

Las puertas se cierran completamente, y todos caminan de largo. Pero yo sigo allí. Justo en medio de la entrada. Y nadie, en ese largo tiempo, ha notado mi presencia invisible.

Después de todo no existo, sólo soy un mendigo.


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© José Luis Rodríguez Pittí, texto e imágenes. Todos los derechos reservados.
"Crónica de invisibles" publicado por primera vez en "Crónica de invisible" (UTP, Panamá, 1999)
"Gente hacia la Basílica de Atalaya" aparece por primera vez en esta página.
www.pieldetigre.com

SUEÑOS

Cosas que nos trae el marAquella madrugada, muy temprano, cuando aún el cielo era incoloro y los otros dormían, la niña despertó de pronto, sin sobresaltos, con una extraña sensación de gozo y alegría igual a la que había sentido en su último sueño. Por primera vez en mucho tiempo había dormido profundamente, disfrutando la aventura inigualable de los sueños hermosos que habían terminado, así de repente.

No había nada que explicara su súbito despertar. Los otros niños todavía dormían, revolviéndose de rato en rato, como siempre había sido; el suave murmullo de las aguas al bajar rápidamente por el canal era el normal, de todos los días; el ruido que producían a lo lejos los animales de la noche era el habitual; y el siseo de la fría y húmeda brisa nocturna al colarse por las rendijas de la vieja madera que cubría la entrada, era el conocido silbido de todo el tiempo. Nada, en la aparente quietud de aquella noche corriente, aclaraba por qué había despertado de forma tan repentina.

Pero no importaba. Ella ni siquiera pensaba en eso. Había soñado con su hermosa madre, de cabellos de oro que peinaba con ternura con un suave cepillo. Luego, en el sueño, la madre se viraba y con cariño y delicadeza la abrazaba, y sin decirse palabras, ambas disfrutaban del placer que hay en compartir con alguien que incondicionalmente nos quiere.

La sonrisa del sueño aún no se borraba de su rostro, y el sabor de la felicidad aún le llenaba la mente, aunque era extraño que así pasara. Pero ella dedicó el tiempo a recordar una y otra vez aquel hermoso sueño en que compartía con su madre, hasta que todos los niños despertaron, poco antes que fuera completamente de día.

Al amanecer, todos se levantaron y sin decir palabra movieron el tablón que los protegía de los ratones y otras alimañas y, tras salir, lo volvieron a su lugar. Luego, con el acostumbrado mal olor del agua inmunda de la zanja, que ese día les llegaba hasta los tobillos, se dirigieron en fila, por el sendero de las ratas, hasta la salida cuya tapa de metal tuvieron que levantar entre tres.

*****

Y así, sin más, los niños se dispersaron por la ciudad. Unos en pareja, algunos solos, encaraban al ruidoso y demencial tráfico que empezaba a pulular a medida que la urbe despertaba. Otros, casi siempre en grupos de tres, se enfrentaban a los hombres, a quienes quitaban algo, huyendo luego cada cual por su lado. Algunos, menos agresivos, dedicaban su día a recoger o a entregar los paquetes que un hombre, que siempre aparecía en la esquina de una gastada casa, les pedía que entregaran o recogieran de otros taimados individuos, que casi siempre se aparecían en coloridos autos de lujo por las sucias callejuelas de aquel barrio decrépito.

El día de la niña no fue diferente y pronto olvidó las alegrías que su mente dormida le regaló aquella noche, y se enfrentó con la valentía de siempre a la vida que ya la esperaba afuera del alcantarillado. Para vivir pedía dinero, parada sobre la raya amarilla de una negra avenida de la ciudad, a la cual llegó tras una hora de camino, y donde asomaba a las ventanas cerradas de todos los carros que por allí transitaban su rostro doloroso y sucio por el hollín del diesel quemado, dejando marcados a casi todos con la mugre de sus manos, y recibiendo nada en la mayoría de los casos.

Y así, tras observar innumerables peleas entre conductores, vendedores ambulantes, peatones y varias combinaciones de todos ellos, tras ser insultada, empujada, golpeada y varias veces manoseada, tras ser testigo del atropello y muerte de dos personas, tras presenciar la venta lícita o ilícita de objetos, alimentos, drogas, animales, servicios y hasta personas, tras ver cómo el sol subía por la derecha hasta llegar muy alto y bajaba por la izquierda hasta desaparecer detrás de un lote vacío, donde antes quedaba el último árbol de toda la larga calle, bajo el que a veces se refugiaba del calor, la niña se dio por vencida y caminó de regreso a su hueco, cansada y con sólo unas pocas monedas y un pedazo de emparedado mordido, que alguien a quien ya no recordaba le había regalado, para compartir la noche con los demás niños, que para ese entonces debían estar recorriendo el largo trecho de vuelta.

Pero ya, como siempre, se había olvidado de la mayor parte de los rutinarios sucesos de ese día. Desde hacía mucho tiempo conocía las maneras de sacar de la mente todo aquello que no le gustaba, todos esos instantes de martirio que debía soportar estoicamente. Por suerte para ella, tenía amigos entre algunos de los niños que le daban de esas cosas que conseguían de un tipo en una esquina y que servían para no recordar. Para no sufrir con los recuerdos. Para no llorar. Porque en la calle nadie llora. Porque llorar, no sirve de nada.

*****

Esa noche, como todas, los niños se congregaron bajo un poste iluminado, bastante cercano a la entrada metálica de su lóbrego hogar. Allí intercambiaron cigarros, pitos, agujas, piedras, pipetas, y lo poco de comida que durante el día robaron, les regalaron o se ganaron a cambio de algo. Pero los niños no dialogaban, no jugaban, no reían; tan sólo consumían sus vidas inútilmente, como el etéreo humo de las sustancias que se fumaban, bajo la luz terrosa de un farol de una calle.

La noche, esa noche, era tranquila. El aire se movía un poco, con flojera, como el tráfico que también era esporádico, pero no hacía calor, y los policías, que a veces iban sólo a golpearlos y acosarlos con desdén, habían decidido pasar esa noche merodeando por otro lado.

Por fin, cuando la modorra agobiante de la mitad de la noche los contagió a todos, decidieron sin palabras ponerse de pie para empezar a caminar quedamente, con desgano, hasta la tapa de su hoyo en el concreto, que entre tres debían levantar con la ayuda de una vara que escondían en una grieta secreta en la acera de enfrente.

De pronto, un auto veloz dobló por la esquina, y pasó frente a los niños, lanzando por la ventana una cajeta de colores brillantes. Todos corrieron, peleándose por alcanzarla primero, pero fue la niña, la más ágil de esa gavilla de chiquillos, la que llegó y la tomó primero.

Sin nadie que la molestara, se quedó inmóvil en el centro del camino, contemplando con orgullo e inocente placer infantil a través del plástico transparente de aquella gran caja de muñecas, apenas una de las tantas que esa niña afortunada tiró despreocupadamente a la calle. Luego, con amor y adoración cerró los ojos y abrazó fuertemente el obsequio que alguien a quien nunca conocería le había dado, y por segunda vez en ese día, pero con la intensidad inconmensurable de la realidad, la niña sintió esa extraña sensación de gozo y alegría que sólo se vive en los sueños.

Y fue tal la emoción y euforia que sintió por el regalo que le dieron, que no oyó el camión que pitó, frenó y trató, con la inútil pericia de aquel conductor, de esquivarla, desviándose lejos del centro del camino.

*****

Y así sucedió la espantosa tragedia. Los niños se dispersaron y cada uno durmió esa noche lo más lejos que pudo de ese lugar. El chofer del camión demoró más de veinte minutos en bajarse de la cabina, y cuando lo hizo caminó sin sentido varios kilómetros antes que lo pararan y se lo llevaran. La policía llegó, mucho después, y en una camioneta cumplieron fríamente con su deber de madrugada. Y cuando por fin concluyó todo aquello, a lo que casi nadie prestó atención, me acerqué a la única posesión que orgullosa tuvo la pequeña niña, y vi con horror que tan sólo se trataba de la caja, cruelmente vacía, de una de las tantas muñecas que una niña afortunada tiró con desidia una noche a una calle cualquiera.


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© José Luis Rodríguez Pittí, texto e imágenes. Todos los derechos reservados.
"Sueños" publicado por primera vez en "Crónica de invisible" (UTP, Panamá, 1999)
"Cosas que nos trae el mar, #34" aparece por primera vez en esta página.
www.pieldetigre.com

5 de agosto de 2007

TOQUE DE TAMBOR Y MEJORANA


En 2001 tuve el honor de diseñar el libro, "Toque de diana" (ISBN 978-9962-802-16-4), del poeta panameño Héctor Collado en el que aparece esta foto como ilustración de portada. ¡Qué tiempos aquellos! Por asunto de costos, las portadas de los libros de la Universidad Tecnológica salían en negro y un color (en este caso "rojo ladrillo"), y no se hacían separaciones, sino que había que enviarle a la imprenta dos hojas para que ellos hicieran dos negativos y los montaran, primitivamente, en una portada a dos colores razonablemente buena para el tipo de equipo con que se hacían, se hacen los libros de la UTP.

Encima de todo el equipo, cuasi fotocopiadora, sistema de offset, sólo admite imágenes de muy alto contraste, así que las fotos originales deben ser en blanco y negro, muy tramadas, o sólo se obtiene una mancha fea. Los últimos libros se han hecho usando separaciones de colores, abaratadas en años recientes, dando resultados notablemente mejores y los últimos dos los hicimos con fotografías a la medida a todo color. Es cierto, anteriormente los resultados no siempre fueron buenos, pero a mí me gustó mucho cómo quedó la portada de este libro de Héctor Collado.

Aún así, con ese sistema básico, en colaboración entre la UTP y ONE-ARROW.com, sacamos cuarenta libros (sesenta y cuatro contando los editados con otros colaboradores). Es decir, a pesar de las restricciones de equipo, en la imprenta de la tecnológica editamos más literatura que la que se ha hecho en cualquier otra editorial de Panamá. La universidad de los ingenieros al servicio del invento más hermoso del ser humano, el arte sublime de la palabra. Pero eso es tema de otro escrito.

En éste lo que importa es el poemario de Héctor. Una colección de poemas que invitan a la acción: ¡Tócamela!, ¡Siémbrame!, ¡Bésame!, Déjame salir de tu pupila, Construyamos un puente... Ah muchacha, Ah muchacha... Pero sobre eso, un homenaje a la mujer, "huella hermana de mi huella", a la que "hace lugar en su vida / para albergar la mía...", a la que se le pide "sepúltame debajo de tu corazón / como aquel nunca que siempre / como aquel siempre que nunca, / y llévame flores de sal / de cuándo en cuándo", a esa mujer especial y única de la que "yo sé de memoria sus territorios, / la geografía de su olor, / los accidentes de su lengua". Homenaje que sólo aquel que está dispuesto a erguirse para alcanzar y poder mirarla a los ojos podrá apreciar.

La foto del típico tambor panameño, encuentro del negro con el criollo, que es a la vez la coincidencia del indio con el europeo, origen de nuestra música más íntima, de nuestra cultura, es de una serie que hice en los noventa viajando por Veraguas, Herrera y Los Santos (más exactamente, entre La Mesa, Pedasí y Parita; entre Venao, Santa Catalina, la desembocadura del Santa María y el inefable Golfo de los Mosquitos), corazón geográfico y cultural de eso que llamamos panameño. Este tambor, en especial, era de un grupo cuyo nombre desconozco, que en plena ciudad de Santiago de Veraguas, un domingo cualquiera, se reunió en la avenida central, provocando un baile y esta foto con un toque especial, toque de tambor y mejorana.

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© José Luis Rodríguez Pittí
Foto publicada por primera vez en el libro de Héctor M. Collado, "Toque de diana" (UTP, Panamá, 2001).
El texto aparece por primera vez en esta página.

NUEVAS CIRCUNSTANCIAS

—Esa última vez pudiste ser mía

—Me atemoricé.

—Aún serías mía.

—No quería perder el control. ¿Recuerdas que te lo dije?

—Nunca debí llevarte a clases.

—Al día siguiente... Sólo tenías que esperar un día más.

—Sabes que no pude.

—Me hiciste perder el control. Y ese día tenía un examen. Y era el patio de la universidad. Te propasaste...

—Tú lo deseabas.

—Entiéndeme. Eran muchas circunstancias en contra de ese momento. No debiste llevarme. Sólo tenías que esperar un día más.

—Pero igual, no quisiste nada al día siguiente. Ni siquiera me besaste. Me pareció absurda tu actitud.

—Me ponías nerviosa. Ya lo sabes. No quería que tuvieras ese poder sobre mí.

—Pero el jueves igual lo hice, y sólo faltó un poquito para adelantar el viernes.

—Y ahora las circunstancias serían distintas.

—Nunca comprendí por qué actuaste ese viernes así. No me gustó sentirme rechazado.

—No lo hice por herirte. Entiende. Fui cobarde. Tuve miedo de enfrentarlo. El miedo de empezar una vida de cero fue atroz, pudo más que yo.

—Pero, al no aceptarme, empezaste igual una nueva vida.

—Siempre es posible volver a empezar.

—Cierto a veces. Pero otras muy tarde.

—¿Y en ésta? Quisiera empezar contigo. El control no me preocupa. He aprendido la lección.

—¡Pero es que no comprendes! ¿No te das cuenta de las circunstancias en las que estamos?

—Sólo son eso: circunstancias.

—Pero, él te mató. Entiéndelo. Estás muerta. Has muerto.

—Y, ¿qué diferencia hace?


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© José Luis Rodríguez Pittí
Publicado por primera vez en la Revista MAGA #60-61, Panamá, 2007.

ENTREVISTA PARA "LA PRENSA" SOBRE BLOGS

Para un artículo sobre los blogs que salió en la sección Vivir+ del diario La Prensa el viernes 13 de julio, el periodista Helkin Guevara me hizo la siguiente entrevista que me parece interesante compartir con ustedes por tratar sobre el tema de los cuadernos de vitácora digitales:

HG: Explíquenos, ¿qué es un blog?

JLRP: Un blog es una estructura de publicación en internet, organizada por fechas igual que una agenda, diario o un cuaderno de bitácora, en la que se pueden publicar textos libres, fotografías e imágenes de una persona o grupo. La mayoría de las veces son informales, llevados por individuos, pero en muchos casos son rigurosos, llevados por organizaciones o grupos serios.

Un requisito importante, es que es una aplicación que no requiere de conocimientos avanzados, e igual que el procesador de palabras o el email, es muy fácil de usar. Por ello, y por el alcance que tiene, se ha hecho tremendamente popular, y mucha gente lleva registro de su vida personal, sus actividades, algunas empresas lo usan como herramienta de promoción o de soporte técnico, algunos grupos lo usan para anunciar y difundir sus actividades, muchos periodistas la usan para escribir reportajes y noticias que por diversos motivos no caben en el formato de revistas y periódicos tradicionales.

Como está al alcance de todos, su contenido puede ser de lo más trivial, pero bien utilizada, es una herramienta que permite llevar un mensaje fácilmente a mucha gente, tanto que muchas organizaciones y medios tradicionales le pagan a escritores y periodistas para escribir opinión en blogs, como el caso de la BBC en Inglaterra o el diario El País en España. Igual ocurre con todas muchas empresas privadas.


HG: ¿Qué piensa de los blog?

JLRP
: Por su facilidad de uso y alcance global, bien explotada, es una herramienta de expresión libre, de difusión cultural, de mayor alcance que la televisión, el periódico o la radio local. Solamente las cadenas internacionales de televisión o noticias tienen una difusión geográfica mayor y, sin embargo, todas ellas tienen blogs como parte de su sistema de comunicación. Pero ninguna da libertad al autor, al periodista, al escritor, sino que imponen sus reglas.

Te pongo un par de ejemplos del alcance: desde octubre del año pasado, el blog www.escritorespanama.com, "Las noticias de los escritores de Panamá", se ha ganado 10,000 lectores únicos, de diversos países, que regresan constantemente. En el otro blog que tengo www.miniTEXTOS.org, he publicado en dos meses narrativa y poesía de 55 autores contemporáneos de toda América Latina, y ha sido leído en dos meses por 2,000 personas distintas. Mi blog personal, www.pieldetigre.com, tiene cuentos, fotografía y artículos de opinión, y cuatro y media veces más gente lo ha leído, y de más países, que la que compró el libro, ya agotado, donde aparece el cuento que da título a la página. Parece poco cuando lo comparas con lo que vende un periódico local, pero es mucho cuando sabes que la inversión en promoción y construcción ha sido sólo parte de mi tiempo libre personal.

Y son lectores interesados en el tema que tratamos, pues poca gente llega por error, como ocurre cuando cambias emisoras o canales de televisión, tal como nos lo informa el sistema de contador de lectores, que nos dice el tiempo que las personas dedican a cada escrito o imagen.

Por otro lado, son tan fácil de usar que muchos carecen de cualquier contenido calidad, son simples copias de otros sitios o son totalmente triviales, frívolos o intrascendentes.


HG: ¿Desde cuando tiene el suyo? ¿Fue fácil crearlo?

JLRP: Estoy en esto del internet y la publicación de páginas desde el mismo día en que fue instalado por primera vez en Panamá, en la Universidad Tecnológica, en 1994. De hecho, antes fui usuario de Bitnet, los ya desaparecidos BBS y el difuto Compuserve. Específicamente, para publicar en internet, siempre usé otras herramientas, más complejas. Sin embargo, el primer blog como tal, usando herramientas sencillas y alojamiento público gratuito, lo tuve el año pasado. Conocía la tecnología, leía los blogs de mis amigos, pero nunca había experimentado la facilidad para construirlas. Poco después empecé con las Noticias de los escritores de Panamá, que desde octubre de 2006 se publica constantemente, y de allí los demás blogs que manejo.


HG: ¿Por qué nació en usted la idea de hacer un blog?

JLRP: La idea de hacer páginas sobre literatura y fotografía no es nueva. De hecho, he participado en varios proyectos en esa línea en diversos países. Por otro lado, desde que organizamos el Congreso de Escritoras y Escritores de Centroamérica en 2005 tenía en mente un proyecto de difusión internacional de la literatura panameña. Lo nuevo para mí fue usar el sistema de blogs. Eso ocurrió después de un Café Literario sobre promoción de la literatura en internet, en el que participamos varios escritores y periodistas, y decidí buscar la manera más sencilla y flexible de hacer una revista, la que menos tiempo ocupara para poder dedicarle a un contenido de calidad, y al mismo tiempo permitiera incorporar fotos, imágenes y estilos a la publicación. Investigando y probando, comprobé que las herramientas de www.blogspot.com o www.wordpress.com son tan sencillas y flexibles como requería. Podría decirse que transparentes. Inicié pruebas a mediados de año y empecé con el primer blog.


HG: Hábleme un poco de su blog, cuál es la dirección, qué contiene, qué material se puede encontra en él.

JLRP: Tengo varios, te mencionaré las tres más importantes, todos proyectos sin fines de lucro, con objetivos muy concretos y, a diferencia de lo que ocurre con la mayoría de los blogs, construidos con altas normas de calidad periodística, estética o literaria, según el caso:

www.escritorespanama.com, es el noticiario de los escritores de Panamá, donde anuncio los eventos literarios que se realizan cada semana en Panamá (a veces, a pesar de lo que se piensa, a veces hay varios por día, todos los días), los ganadores de premios literarios a nivel local e internacional, las presentaciones de libros, y la publicación de fotos y glosas sobre las actividades ya realizadas. También, en una página adjunta, publico ciertos artículos relacionados con los eventos y pronto empezaré con reseñas de libros nacionales, recién presentados. Es un proyecto de difusión cultural, específicamente, literatura nacional. La acogida ha sido muy buena, con casi 10,000 lectores únicos en menos de un año, de todas partes de mundo.

www.pieldetigre.com, es un blog muy personal, que he dividido en ediciones, en las que publico fotografía, uno o dos artículos de opinión y dos cuentos, todos de mi autoría. La idea de esta página surgió por las diversas personas que pedían leer un libro mío, y no tenían la posibilidad por encontrarse la última edición agotada. Ahora tengo un libro reciente, pero no creo que lo compre tanta gente como la que lee esta página.

www.miniTEXTOS.org, es mi proyecto favorito. Es una página dedicada a la literatura más contemporánea de América Latina. La participación está abierta a escritoras y escritores de habla hispana, autores de cuento, poesía, ensayo y teatro, entre los que se selecciona, de acuerdo a la calidad artística, las obras a publicar. El blog se especializa en lo breves, como el mundo moderno. A la fecha llevamos 11 ediciones en las que han participado 55 autores de Panamá, Uruguay, Argentina, Honduras, México, Nicaragua, Guatemala y Costa Rica. Rompiendo con el esquema de los blogs que se publican cada día o cuando el autor tiene tiempo, miniTEXTOS.org se publica todos los viernes. En cada edición aparecen cinco autores distintos con su obra, su biografía y referencias, además de un artículo introductorio en algunos números especiales. Empezamos en mayo y ya tenemos más de dos mil lectores cada semana. Al final del proyecto se publicará un libro con las obras publicadas en internet para el cuál estamos buscando patrocinio.


HG: ¿Sabe desde cuándo se escriben blogs en Panamá?

JLRP
: Desconozco la respuesta, sobretodo los de Panamá, pues al estar alojados en sitios en otros países, no se puede tener una información segura. Si sé de sitios muy buenos de panameños que llevan más de tres años.

Sin embargo, es una idea vieja, pues era común entre los programadores escribir un archivo con los cambios a los sistemas y software, un blog, y grabarlo con el resto de los archivos de los programas como control y apoyo. A alguien se le ocurrió hacer comentarios más personales, luego alguien pensó hacerlo más sistematizado y en vez de un archivo de texto hacer un programa, y en 2001 surgen las herramientas para el público en general.


HG
: ¿Cuántos blogs conoce?

JLRP: Por número, son millones. Sólo www.wordpress.com anuncia que tiene alojados más de un millón. Y este es uno de varios sistemas. En Panamá, www.blogspanama.com tiene listados 350 de nuestro país, pero no todos se inscriben en esa lista. A nivel personal, visito constantemente unos treinta blogs que tienen información que me interesa o necesito, pero no me limito a ellos y cada vez que hago una búsqueda me encuentro con nuevos sitios.


HG: ¿Son muchas las personas que leen blogs en Panamá?

JLRP
: Es difícil saberlo. Tal vez, las compañías que alojan estos blogs podrían sacar una estadística, no me extraña que existan. De mis blogs, te puedo hablar de más de dos mil panameños o, al menos, dos mil computadoras ubicadas en Panamá que constantemente regresan. Sin embargo, me lee gente de muchos países, muchos panameños en el extranjero y es difícil tener una estadística veraz.


HG: ¿Cuántas personas conoce que también tienen un blog como usted?

JLRP
: A muchos. Esta es una pregunta que no se puede contestar con una cifra única. Verás: cuando visitas un blog y dejas comentarios, comienzas a conocer a los autores que interactúan contigo. Con muchos empiezas a compartir correos, a conversar. Si están en el mismo país, en algún momento los conoces. Lo mismo con los lectores. Por otro lado, hay gente que empieza un blog personal y no lo siguen. Lo tienen, pero no lo usan. Por otro lado están los que tienen varios blogs, algunos muy serios. Y finalmente, están los que tienen un blog, pero además participan en otros. Y esto sin contar a gente que conoces, y no sabes que tiene un blog. Sólo te daré una cifra que conozco perfectamente bien: que yo sepa, hay 22 escritores panameños con un blog.


HG: De esos blogs panameños, ¿cuáles nos recomendaría? ¿Cuáles lee regularmente?

JLRP: Te voy a recomendar diez blogs de Panamá, todos muy rigurosos en cuanto a la calidad de su contenido. No son los únicos que visito, ni los únicos que recomiendo, sólo los menciono por ser una muestra diversa. Sin un orden en especial:

  • "Blogs Panamá", la referencia obligada a los blogs panameños, de Jorge Yau.
  • "Almanaque Azul", excelente trabajo sobre las playas y costas de Panamá, de Mir Rodríguez
  • "Cooking Diva", página de gastronomía de la chef Melissa De León.
  • "la hoja." página de literatura panameña, ahora un programa en radio, de Lili Mendoza.
  • "Hoja de bijao", página sobre el arte y la cultura panameña de Carla García de los Ríos.
  • "El weblog de Rolando Gabrielli", comentarios y artículos del periodista chileno radicado en Panamá.
  • "Internatural", una de las varias páginas de cultura, poesía y música del poeta Edilberto "Songo" González Trejos.
  • "La ruta calipso", poesía y opinión de la poeta Eyra Harbar.
  • "Mandala7", filosofía, poesía y opinión del poeta Gorka Lasa.
  • "La boca de Drago", narrativa, poesía y fotografía del autor panameño conocido como Drago.
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© José Luis Rodríguez Pittí

EL PINTOR CALLEJERO

Ocurrió a mediados de enero, en una noche de plenilunio. Todavía era temprano. Aún se veía ese último manto de luz solar, cuando ya la luna hermosa, bruñida, de plata, se elevaba enorme por donde nacen los astros tras los edificios de la ciudad.

Fue una nítida noche de luna llena, debo admitirlo, pero en ese momento no lo era para mí. Mis penas y frustraciones me perseguían y me atormentaban, me esperaban a donde iba y caminaban a mi lado haciéndome sentir un ser miserable a la vista de los demás.

Traté de huir, pero físicamente me fue imposible. Caminé varias cuadras al lado de tan incómoda compañía, hasta llegar al parque, ya vacío. Quería relajarme, meditar, liberarme de esos males y preocupaciones, ayudado por el rico néctar de caña que compré en una tienda en el camino.

Así que me senté en una banca. Miré hacia el cielo, hacia la presumida luna, y del pico de la botella me tomé un buen trago de ron. Esperaba tranquilizarme y encontrar la paz en aquel sereno lugar, ayudado por la brisa del incipiente verano y aquel precioso líquido. Pero no era fácil: rodeándome, sentadas y de pie, todas esas preocupaciones que me siguieron hasta el parque empezaron a reírse a carcajadas de mi. Al mismo tiempo. Mirándome con mofa. Burlándose.

Decidí ignorarlas. No hacerle caso a sus payasadas. Así que cerré los ojos y seguí bebiendo, prestándole atención sólo al calorcito que sentía en el estómago con cada trago. El tiempo pasó, medido por el contenido de la botella que como un reloj de arena se vaciaba cada vez más. Pronto, me sentí emancipado. Renovado y relajado, ahora sí podía hacerles frente y reír también con ellas. Así que abrí los ojos y fue cuando me di cuenta que el parque entero había sido invadido por tantas de ellas que ocupaban las bancas disponibles, enojando a los pocos transeúntes que querían sentarse y no podían, y me miraban con mala cara mientras seguían su camino murmurando, como si fuera mi culpa.

Pero ya nada me interesaba. Me reía de ellos igual que de mis molestias, que reían y reían a su vez todas de mí. Eran tantas haciendo barullo (y yo con ellas) que el parque temblaba y los árboles se movían de un lado a otro. Poco a poco la gente, creo que asustada, dejó de pasar.

Siguió fluyendo el tiempo que arrastró consigo todo el líquido. Ya para entonces no podía ver más allá de unos metros, y sólo prestaba atención a quien compartía conmigo la banca, la preocupación más necia y grande de todas, la que más se reía y parecía comandar a las demás. Su rostro cambió de pronto, se puso seria igual que yo, tomó la botella vacía en sus manos y la estrelló en mi cabeza. Lo último que recuerdo es el ruido de mil carcajadas apagándose en mi cabeza.

*****

Y desperté de pronto, sobresaltado y con miedo, en un lugar extraño, un hoyo en el concreto, tal vez una alcantarilla, tenuemente iluminada por una vela madura, cuya cera gastada cubría casi por completo la roca en que reposaba.

En las paredes, un mural complejo hacía ver aquel hueco como una amplia habitación, diría que un estudio lleno de libros, amueblado y decorado sobriamente. En una esquina del mural, dibujados también, un caballete y una mesa pequeña sobre la que habían dejado desparramados algunos pinceles y frascos de pintura. Finamente dibujadas, dos ventanas abiertas dejaban ver un paisaje fantástico, irreal, pero creíble, de una gran meseta de piedra sobre la que había una ciudad majestuosa.

Me incorporé sobre el cartón en el que estaba tendido. Mi cabeza palpitaba. Me toque instintivamente, pero no había sangre. Confundido y asustado, me arrastré hacia la puerta dibujada al final del agujero cuando una voz, desde mi espalda, me interpeló:

—¡Oye! Desgraciado. Te vas así, ¿sin darme un simple “gracias”?

Me di la vuelta y lo vi por primera vez. Tendría como treinta años. Barbudo y desaliñado, con ropas viejas, me miraba con sus ojos pequeños, inteligentes, inquisitivos.

—Te encontré hace dos noches tirado en el parque —me dijo—. Cuando llegué, te habían dado un botellazo y te iban a robar... ¡Te iban a joder! ¡Y eran apenas unos chiquillos! Pero con la borrachera que tenías... Te salvé. Los ahuyenté. Te traje a mi casa... Mira, no espero nada de ti, pero... Ven acá, esperaba aunque sea un simple “gracias”.

Estaba sentado en un banco de madera a un metro de donde yo había estado acostado. Lo escuché serio y con un dolor de cabeza cada vez más grande. Pero tenía razón. Instintivamente me toqué la muñeca y todavía tenía el reloj, que aunque no era muy valioso, era mi reloj. En el bolsillo de mi pantalón aún tenía la billetera. Por lo visto no pudieron hacer más que darme el feo golpe. Le di las gracias y le pregunté dónde estaba y quién era.

—Obviamente en mi casa —dijo mientras hacía un gesto abarcador con las manos. Hizo una pausa, mirando al infinito y siguió:

—Vivo aquí, apartado de la gente, exiliado del bullicio y la inmundicia humana, pero en medio de ella. No debo nada a nadie y lo poco que necesito lo consigo pintando. Soy pintor. Un pintor libre. Un artista independiente de verdad. Para mí, pintar es lo único, así que lo hago sin restricción, para liberar todo lo que pasa por mi mente, todo lo que siento. Casi siempre pinto la ciudad, las paredes, pinto opiniones, mi visión. A veces hago cuadros que le vendo a un tipo mediocre que dice ser pintor y haber estudiado... ¡Qué sé yo! ¿París? Me enteré que ha vendido algunos a su nombre pero, ¡qué carajo! No pinto para que me conozcan, y gracias a él puedo comprar los materiales y pintar y pintar más cuadros y más paredes.

—Y, ¿tu nombre? —pregunté por cortesía, porque no había que darle mucha cuerda para que hablara.

—No preguntes. Mi nombre no importa —dijo abriendo los ojos, exaltado, como lleno de furia—. Tampoco preguntes por mi pasado, ni por qué decidí vivir así. Sólo importa el presente en el que vivo y siento y pinto, para mostrar al animal hombre, para denunciar sus vicios, sus maldades, sus inmoralidades. ¡Estupideces! Y pinto para mostrarle al mundo esas cosas hermosas, pero sencillas, que debería buscar y lograr el ser humano pero que a veces olvida en su apurada carrera por... ¿Como le llama? ¿El éxito? ¿Ideales? ¡Qué sé yo...! Igual no son más que fanatismos, majaderías, producto de ansiedades y culpas... Pobres hombres atormentados.

“Está loco”, pensé. Hablaba de hombres atormentados mientras vivía exiliado en un hueco bajo alguna calle de la ciudad. Hablaba de ideales fanáticos cuando él mismo pintaba como medio de lucha en una cruzada idealista en la que sólo él estaba.

Habló bastante más, frenéticamente, repitiéndose. Me mostró algunos bocetos de murales que pensaba hacer en diversos lugares y, la verdad, es que eran impresionantes. Los sacó de una caja detrás del caballete que, al principio, había creído que estaba pintado en la pared. Me habló de sus murales ya terminados, algunos de los cuales yo recordaba haber visto en diferentes lugares o en un reportaje de televisión sobre graffitis. Y, sí, por algunos había sentido exactamente las sensaciones que él decía haber querido expresar. La mayoría me habían impresionado.

Siguió sacando dibujos hechos a lápiz sobre viejas hojas de papel, algunas usadas y rayadas por un lado, otras ajadas y amarillas por el paso del tiempo. También me mostró algunos lienzos terminados que pensaba vender al “pintor mediocre”, como lo llamaba. Tanto los dibujos a lápiz como los lienzos al óleo estaban muy bien logrados y todos daban la impresión de algo grandioso, con vida, que hablaba y mostraba en imágenes estáticas la dinámica de una idea, el animado sentimiento que el autor quería entregar al espectador. Aunque mi formación no me hacía un experto en artes plásticas, podía darme cuenta que estaba ante un verdadero, aunque desconocido, maestro de la pintura.

Finalmente me mostró el último de sus cuadros. Un hombre enorme, atormentado por miles de hormigas que le mordían los pies. El punto de vista bajo hacia ver a los insectos como monstruos horrorosos, pero así mismo al hombre como un gigante de proporciones indescriptibles que cobardemente se miraba y se reía con cara de idiota mientras las hormigas se lo comían implacablemente. El fondo, sencillo y complejo a la vez, mostraba un cielo teñido de un sublime tono azul oscuro con una luna de plata, una luna bruñida, una luna hermosa de plenilunio y a lo lejos, acercándose por la derecha, un niño pequeño, muy pequeño, que corría resuelto hacia donde el hombre con la evidente intención de ayudarlo.

De pronto, comprendí con horror aquella escena. Volví a ver el rostro del gigante y vi que era el mío. Era yo el que se reía estúpidamente en una noche de luna llena a mediados de enero.

*****

Y desperté de pronto, sobresaltado y con miedo, en un lugar extraño de blancas paredes. Era un hospital donde estuve tres días inconsciente, tres días sin sentido, por un golpe en la cabeza recibido indefenso por los efectos del exceso de alcohol.

Según pude saber, me habían encontrado unos policías tendido en un parque con una botella rota en la cabeza. Me llevaron al hospital y notificaron a mi familia. Unos tipos me había atacado, pero no pudieron robarme gracias a que aquellos dos policías que pasaron en el momento preciso.

Nunca había vivido una experiencia como esa y hoy creo que realmente tuve suerte. Eso marcó un punto en mi vida, que me hizo buscar ayuda. Aún así, me costó mucho. Han pasado dos años desde entonces, y sólo gracias a un poder superior y al apoyo de mis compañeros en las reuniones diarias he podido estar sobrio todo este tiempo y enfrentar mis preocupaciones de otra manera.

Gracias a mis compañeros, mi poder superior y algo más.

A los dos meses de aquel suceso, salí a caminar una tarde y pasé, casualmente, frente a una galería. Me detuve frente a la vidriera extrañado. Desde la calle se podía ver el cuadro de un afamado artista, cuyo nombre no diré, que me atrajo poderosamente y me obligó a entrar. Hasta ese momento había creído con sinceridad que lo de aquel pintor callejero y su peculiar hueco no había sido más que un sueño extraño en el hospital. La pintura, mostraba la escena de un gigantesco hombre atormentado por pequeñas, pero monstruosas hormigas, en una noche de plenilunio.

Compré el cuadro y he buscado al autor verdadero. Incluso, en mi afán por encontrarlo, me atreví a hablar con el supuesto autor que, claro, se sintió insultado ante mis cuestionamientos. Pero todo ha sido en vano.

Así que ahora lo tengo colgado en mi oficina, frente de mi escritorio, y todos los días lo observo y me río de la cara de borrego de aquel hombre que no quiere enfrentarse a tan pequeñas e insignificantes hormigas.


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© José Luis Rodríguez Pittí.

Esta versión corregida del cuento es la que aparece en "Sueños urbanos" (Panamá, 2007).

27 de abril de 2007

DE LA MANO HACIA EL FUTURO

Panamá tiene mucho de peculiar. Es la ciudad de origen Europeo más antigua sobre el Pacífico americano pero su gente, su esencia vital, la hace parecer una de las más nuevas sobre el Caribe. Es tan vieja en América y pareciera tan joven.

Fundada en 1519 y quemada por los piratas en 1671. Fundada de nuevo dos años después, y quemada por varios fuegos en el siglo XVIII. Reconstruida lentamente. Se alimentó glotonamente de lo que dejaba la gente que la atravesaba con la enfermedad obsesiva del oro descubierto en California en 1846, primero, y con la construcción del canal, después; cambió tanto su aspecto que es como si hubieran vuelto a fundarla. Dilapidada completamente por militares y civiles panameños corruptos y abusivos en las décadas del 70 y el 80, producto inevitable un siglo XX pleno de ese tipo de personajes públicos perniciosos que parecen haberse pasado a este siglo, sólo faltaba quemarla de nuevo. Con una mueca de burla, sin motivo real y como despedida, nos lo hizo el poderoso ejército de Bush, el viejo, durante la invasión de 1989. Reconstruida lentamente, la generación actual, que vió todo eso con la perspectiva de la infancia, se hizo adulta y la fundó con una fiesta inmensa al empezar el siglo XXI.

Panamá, fundada en el año 2000, es la ciudad caribeña más joven del Pacífico americano.

Y esto me lleva a la foto que ilustra esta edición. De sus símbolos antiguos, esos que la UNESCO ha declarado Patrimonio de la Humanidad, tal vez el paseo de Las Bóvedas sea el más significativo para mi. Construido en el siglo XVIII, es lo que queda de un fuerte, lleno de mazmorras y embarrado de la sangre de fusilamientos, construido para alojar a las tropas del ejercito español. Hoy, lleno de monumentos y con la vista más espectacular de la bahía y de los cada día más abundantes rascacielos, es un lugar cargado de la historia maravillosa de esta metrópolis sitiada por piratas, ocupada por ejércitos extranjeros y nacionales o atrapada en las circunstancias del destino. Con una brisa deliciosa que sólo allí se recibe del Pacífico, y una luz hermosa en las tardes que mueren en un rojo espectáculo tras los barrios viejos de siempre; de todos los sitios que existen en esta joven ciudad antigua, Las Bóvedas es uno de mis predilectos.

La foto que seleccioné para esta edición fue tomada allí. En un principio, sintiéndome lúgubre por el tema de los cuentos publicados en este número, me había decidido por una llena de las tumbas del cementerio francés. Sin embargo, esta foto me gusta mucho y no podía dejar de publicarla precisamente en esta fecha en que siento que algo importante, en dirección al futuro, está sucediendo. De la foto, para el que nunca ha estado allí, sólo añadiré que la pequeña pareja corre alejándose de Las Bóvedas, agarrados de la mano en el atardecer. Tomada muy a principios de los noventa, esos niños deben ser adultos jóvenes hoy, parte de la sociedad que construye el Panamá nacido en el siglo XXI.

*****

Hoy nos enteramos que Carlos Oriel Wynter Melo fue seleccionado para representar a los narradores panameños menores de 39 años, es decir, los nacidos en la década del 70 y el 80, en un encuentro de escritores que habrá en Bogotá dónde sólo participaran los 39 autores de esa edad más importantes del continente (ver nota [[AQUÍ]]). Y esta es la parte que debemos resaltar de la noticia: los 39 más importantes de menos de 39 años.

En lo personal, la noticia me alegró mucho. Creo que la selección es muy atinada dado que, en su literatura y su dedicación a las letras (es el autor de esta generación que más libros ha publicado), representa muy bien a los cuentistas panameños que empezamos a publicar en la segunda mitad de los años noventa, los nacidos en esa época.

Y me alegra que esta selección ocurra precisamente en la semana del escritor panameño. Y es muy significativo, por lo que dice la página de los organizadores del encuentro en Bogotá: "es hora de que nuestra literatura, disuelta hace décadas en glorias nacionales dispersas, recupere el brillo continental que tuvo en las décadas de 1960 y 1970 y suene con la fuerza de muchos talentos aunados."

Pues bien, en Panamá, a esa generación de autores pertenecemos los narradores Carlos Fong (1967), Jairo Llaurado (1967), Francisco J. Berguido (1969), Marisín Reina (1971), Carlos Oriel Wynter Melo (1971), Melanie Taylor (1972), Klenya Morales (1975), Roberto Pérez-Franco (1976), Gloria Melania Rodríguez (1982), Roberto Rivera (1983), Annabel Miguelena (1984) y quien les escribe esta nota (confieso que me enorgullece ser parte de este grupo), además de los poetas Javier Romero Hernández (1983), Sofía Santim (1982), Javier Alvarado (1982), Salvador Medina Barahona (1973), Lucy Chau (1972), Eyra Harbar (1972), Edilberto "Songo" González Trejos (1971), Porfirio Salazar (1970), Indira Moreno (1969) y Alexander Zanchez (1968) entre otros autores que continuamos creando y publicando activamente. Y esto sin contar a los escritores emergentes que sé que tienen libros en preparación y pronto darán mucho de qué hablar, como Gorka Lasa, Lissete Lanuza, Javier Medina Bernal, Lili Mendoza y Luigi Lescure, entre otros que están haciendo la nueva literatura panameña.

A todos ustedes, junto a las generaciones anteriores que siguen escribiendo en Panamá, les invito a que tomemos ese reto y llevemos de la mano a la literatura panameña al mejor lugar en este siglo XXI.

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© José Luis Rodríguez Pittí
El texto y la foto aparecen por primera vez en esta página.

13 de abril de 2007

FINAL DEL CAMINO


En febrero de 2005, la Universidad Tecnológica de Panamá publicó el poemario "Rezongos de Adán" del autor panameño Álvaro Menéndez Franco. Para la portada, seleccionamos esta foto que había tomado unos años antes en Gualaca, Chiriquí. El texto completo de la presentación del libro, que estuvo a cargo del escritor Roberto Pérez-Franco, se puede ver [[AQUÍ]].

Para ubicarnos un poco, Gualaca es el pueblo en el que empieza la otra carretera transístmica de Panamá, y une las provincias de Chiriquí y Bocas del Toro. Hasta que fue terminada en la década de los noventa, la única carretera que unía el Pacífico panameño con el Caribe era la que iba de la ciudad de Panamá a la de Colón.

La carretera atraviesa una de las zonas boscosas más hermosas que tiene Panamá, y abundan en el camino las aves exóticas, de las que sobresale el mágico quetzal, las cascadas de agua de montaña, la neblina que envuelve buena parte del camino y nos abraza con su espesa humedad, y los paisajes indescriptibles, de los cuales el más memorable es el que se tiene al empezar a bajar abruptamente la serranía para llegar al Caribe. En ese momento no sabemos si mirar a la montaña y disfrutar de las caídas de agua rodeadas de flores y mariposas, o mirar al otro lado y apreciar en su colorida belleza la presencia majestuosa del más sensual de los mares.

En fin, mucho queda por hablar sobre ese camino entre mares (el descubrimiento del Caribe por un habitante de lo mares del sur), pero esta anotación era sobre la fotografía. Así que disculpen la digresión.

De la foto, no diré el año en que la tomé, pero a los que les interesa, sirve de referencia saber que la imagen original no es digital, y está preservada en un negativo Ektar 25. Uno de los últimos que pude usar antes de que el fabricante lo descontinuara. De todas las emulsiones fotográficas que Kodak alguna vez produjo, para mí esa fue la mejor. Y no sólo por la sutil estructura del grano, sino por la hermosa paleta de colores, con sus rojos peculiares y azules intensos, que ayudaba mucho en la interpretación del trópico.

Finalmente, menciono como dato curioso que, en la portada del libro, la imagen aparece en blanco y negro, pues por falta de presupuesto no se podía hacer una separación de colores digna. Además de eso, el negativo que se usó en la imprenta se hizo de una impresión en láser con un fuerte tramado, para salvar las limitaciones de equipo y presupuesto de la UTP (que, a pesar de todo, ha realizado una labor única en cuanto a la publicación de obras literarias en Panamá). En esta página, la foto aparece por primera vez a colores.

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© José Luis Rodríguez Pittí
Foto publicada por primera vez en el libro de Álvaro Menéndez Franco, "Rezongos de Adán" (UTP, Panamá, 1999).
El texto aparece por primera vez en esta página.

10 de abril de 2007

SANTUARIO

Huir, siempre huir. El pensamiento original: sospechoso. Expresarlo: un peligro inmenso. Especialmente en la hermética sociedad de los niños.

Santuario. Único templo en el que pedir refugio durante el encierro diario de siete horas. Asilo al que escapar de ser perseguido por la turba. Cobijo peligroso, pero único lugar para un niño solitario.

La biblioteca.

El silencio es sepulcral. Hileras de anaqueles llenos me esconden. Elisa, la bibliotecaria, me ha visto pasar a su lado, traspasando la única entrada, pero dirá a quien le pregunte que no. El riesgo y la responsabilidad son mías, únicamente.

Pero vale el peligro por el privilegio de hojear, abrir y cerrar cuanto libro quiera, el tiempo que sea, en el orden que se me antoje. A mis manos tengo incluso esa fina selección de libros que alguien más arriba proscribió del catálogo.

Sólo debo ser invisible y preservar el silencio, que ahora es perfecto.

Estiro el brazo y tomo el libro de Stevenson. En una semana nadie lo ha tocado, y la solapa aún marca mi punto de partida. Ben Gunn sueña con queso, y yo con que el tiempo se detenga y nadie entre a interrumpirme hasta haber leído lo que falta. Hasta salir de la isla de la calavera, de todas las islas y (pronto lo haré) hasta escapar definitivamente de este recinto minúsculo donde los libros cada vez me parecen menos.

Pero mi sueño se apaga de un cañonazo mientras Jim ve izar la Jollie Roger. La puerta rechina y de un brinco devuelvo el libro a su sitio. El corazón me late con fuerza. Me siento dentro de un barril para manzanas. El cura pasa distraído entre dos anaqueles, pero no me ve.

Devuelvo el libro a su lugar y espero lleno de angustia. No sé qué es peor, si la expulsión temporal del colegio o el destierro permanente de la biblioteca.

Se mueve con rapidez. Va sacando libros y colocándolos en un carrito. No puedo verlo, pero lo escucho y siento el agresivo tufo ibérico en el mediodía tropical. Debo adivinar sus movimientos y oponérmeles con sigilo. Sin tropezar: él en la galería uno, yo a la dos; él en la dos, yo atrás del armario. Mi única ventaja, su ignorancia.

Finalmente, tras unos minutos de agitación se va y la paz vuelve a mi refugio, aunque por corto tiempo. Se ha llevado algunos libros. Entre ellos el mío.

De pronto, dando un portazo, entra Elisa.

―Estuvo a punto ―le digo.

―Para mí es suficiente ―me increpa―. Te vas de una vez.

No discuto con ella. Las reglas son estrictas y siempre las ha roto por mí. Me retiro mansamente, pero no sin antes preguntarle por el destino de los libros retirados. Me interesa sobre todo, poder terminar con el mío.

―Los va a desechar ―me responde con el rostro aún serio―. Hace días los quiere eliminar porque están en inglés, y no sirven.

No hay replica alguna, aunque el dolor me embarga y me acongoja. Los cuentos de Poe, un librito de Lovecraft, dos docenas de National Geographics, The Star Diaries de Stanislaw Lem y la obra completa de Stevenson purgados para siempre. Ninguno estaba en el catálogo, así que nunca existieron.

Y yo, se supone que era invisible y jamás estuve allí.

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© José Luis Rodríguez Pittí
Publicado por primera vez en la Revista MAGA #60-61, Panamá, 2007.

21 de marzo de 2007

SUEÑO DE NATHAN BEDFORD FORREST LA CALUROSA TARDE EN QUE DECIDIÓ ABANDONAR EL KLAN

Lo mire a los ojos. Parecía no importarle mi presencia. Me senté con todos y con todos compartí el momento de íntima y extraña tranquilidad. Extraña paz. Extraña quietud. Al menos para mi, que sabía de antemano lo que iba a seguir.

A veces hablaba y todos lo escuchaban con detenimiento. Cuando lo hacía, dedicaba a todos miradas intensas, atentas. De pronto, anunció que uno lo traicionaría.

Y aquí algo raro sucedió: el tiempo se detuvo para todos, menos para él y para mí. Soltó el pan, dejó el caliz con el vino, y de un salto atravesó el largo espacio entre nosotros, colocándose a mi lado, acercando su rostro al mío lo más que pudo sin tocarme. Con fuerza me espetó: “Hipócrita... Memoriza bien lo que ves y díselo a todos: di que soy negro... ¡Qué el Hijo del Hombre es sólo un negro como ese que mataste ayer con saña!”.

Fue allí que desperté empapado en sudor.

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© José Luis Rodríguez Pittí
Publicado por primera vez en la Revista MAGA #60-61, Panamá, 2007.

EL ESCRITOR FRENTE AL ACTO CREATIVO

Una tarde de ocio me encontré en internet con esta frase: “El acto de escribir es como un orgasmo prolongado”. Aparecía en una página, no recuerdo de quién, pero al empezar a trabajar en este escrito fue lo primero que me vino a la mente.

Un orgasmo es placer y placer es lo que busca alguien al sentarse ante una página en blanco y tejer, a veces fácilmente otras con gran dificultad, palabras en frases y frases en historias o poemas. Placer es lo que nos mueve a buscar alimento para estar fuertes y encontrar ese anhelado orgasmo; placer es lo que mueve al escritor a mirar el mundo con crítico detenimiento y abstraerlo, reordenarlo y sintetizarlo en los símbolos de la escritura.

Es cierto, hay otras razones como otras razones pueden existir para tener sexo. Pero muy en el fondo, en su partícula más pura, el escritor lo que busca es la delicia, el éxtasis, el rapto, la epifanía que se encuentra al terminar una pieza literaria. Una buena, por lo menos.

Sin embargo, este placer ni existe ni lo descubrimos sólo al escribir. Antes que escritores somos todos lectores y como tales conocemos, aunque vagamente si lo comparamos con lo que vive el autor, ese placer que hay en terminar de interpretar un ingenioso cuento, un exquisito poema, un sesudo ensayo. A través de la lectura conocemos el placer único que produce en nuestras mentes el lenguaje y, proporcionalmente a nuestra cultura y erudición, sus complejas formas, combinaciones, sutilezas, artificios. Un placer que nace de un acto creativo tan elevado como el de escribir. No en vano decimos que de toda lectura surge una obra de arte. [1]

Si este lector sigue la senda del escritor, pronto descubrirá el placer que hay en manipular el lenguaje. En adaptarlo. En transformarlo creativamente. Y pronto empezará otro tipo de acto. El acto de disgregar y volver a construir la realidad usando el lenguaje.

Y es que todo escritor es un intérprete de signos, un cazador de realidades, un recolector, cuya labor es plasmar los sucesos de la vida en una especie de algoritmo que el lector debe usar para reproducir en su mente las pasiones, los sueños, las creencias, las frustraciones y la suerte o la falta de ella.

Pero no lo hace directa y objetivamente. En todo recuerdo hay una alteración de la realidad. Una interpretación. Al fin y al cabo todo y todos estamos hechos de códigos, de signos, de información. Formas, figuras e ideas, nuestra vida, nuestra realidad siempre es pasado o interpolación a futuro y sólo existe en los sueños, en la memoria o en el examen que hacemos de nuestra imagen en el espejo. El autor, el escritor, crea una realidad distinta, alterna, usando el lenguaje como herramienta.

Pero la escritura no existe si no es para un lector que al final de cuentas, como decíamos hace un rato, cierra el círculo o empieza otra iteración en este juego de revelación, interpretación e imaginación. Sin un lector esta escritura desaparecería o, lo que es lo mismo, no tendría sentido de existir.

En fin, ¿dónde empieza y dónde termina el acto creativo? Acto que, como vimos ya, comparten los lectores con los escritores. Más bien, ¿cuál es el acto que distingue al escritor o que podemos llamar acto creativo?

Es difícil distinguir un momento en especial. Me atrevo incluso a decir que no existe ese tiempo, ese instante, pues el autor vive interpretando de una manera creativa la realidad y jugando constantemente con ese sabroso lenguaje que nos permite pensar y comunicarnos. Como tal no hay un momento en que podamos decir que nace la obra, pues no es cuando se redacta, ni es cuando se observa y analiza la vida.

En mi caso, al menos, aromas, colores, sonidos, los rostros de las personas, el vuelo de un ave, el movimiento de los árboles o las olas, las conversaciones sueltas que se escuchan por ahí, cada partícula de la realidad llega a mi mente y da vueltas entrelazándose en nuevas formas. Cuando esas formas tienen sentido suficiente se apoderan de mi y una fuerza ineludible me lleva al papel, a la computadora y me obliga a escribir, a concatenar palabras que fluyen en un chorro que cae con la forma de un poema, un cuento, un texto de cualquier naturaleza. A veces me obligo a hacerlo y a veces no surge nada. Pero igual se goza, como con otros actos placenteros que no siempre podemos concluir.

Podemos terminar, entonces, diciendo que escribir es un acto perfectamente humano, a la vez solitario y social. Solitario en el ejercicio de redactar la obra, social en el de experimentar la realidad que nutre ese precioso producto de la mente.

Sea como sea, escribir es un acto maravilloso, inefable y, siempre, uno de los actos más placenteros.


[1] Borges lo dijo claramente, “surge arte cada vez que leemos un poema (art happens every time we read a poem)”, en una de las conferencias que dió en Harvard entre 1967 y 1968, recogida en el libro “This craft of verse” (Harvard University Press, 2000).

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© José Luis Rodríguez Pittí
Publicado por primera vez en esta página.

PIEL DE TIGRE

En el suelo de mi cuarto está la piel curtida de un gran gato americano. No sé quién, ni porqué, cometió la gran bajeza de quitar la vida a tan noble felino. Le arrancaron la hermosa túnica veteada, que en vida le sirvió de guarida contra el frió y la humedad, y de cuartel en la caza entre la maleza.

La curtieron por tres meses con mangle y agalla, y la secaron al salobre viento de este desierto creado por los hombres. Y aquí está. Una parte de aquel magnífico tigre, que mató grandes vacas y veloces venados, desgajándoles el cuero con sus afiladas garras y colmillos. Hoy está aquí, a mis pies, aquel que un día fue el terror, capaz de ver en la noche, oler a la distancia y oír lo inaudito, aquel cuyo olor fue miedo y su grito muerte. Aquí, en mi propio cuarto, yace en el suelo la piel del jaguar que algún hombre mató de un ruin y cobarde tiro de escopeta.

¡Qué desperdicio! ¡Qué falta de conciencia! Tanta belleza la de la suave piel moteada de ese esbelto y ágil animal, y hoy sólo es una infame e indigna alfombra.

Sus ojos, nariz y oídos ya desaparecieron, pero aquí, en su antiguo abrigo todavía quedan los orificios. Y aún asustan. Igual que aún atemorizan las grandes patas que conservan los enormes hoyos que una vez penetraron sus agudas garras.

No sé qué hacer. No puedo dormir en esta madrugada, pues me parece que el alma del tigre aún puede acechar en la noche. Y su piel está aquí. Y la toco levemente y la acaricio con fascinación. Ahora es dura, pero qué suave y flexible debió ser cuando corría libremente cubriendo a su dueño.

Y mientras le paso la mano por encima, esta se me vuelve de color pardo. Y se ve hermosa, pues está moteada como la piel del felino que inútilmente murió hace quién sabe cuánto.
Es tarde. Es de noche y el aire entra por la ventana cargado de olores. Siento hambre y una feroz necesidad de salir a correr sigilosamente; siento la angustia del encierro y la ansiedad del vasto monte, el anhelo de ser libre.

Debo salir ya, mi piel es parda y moteada y aunque la lámpara se ha roto al caer, aún veo bien. Y los olores me excitan y los sonidos me llaman. Y mis garras son filosas y mis dientes puntiagudos.

Afuera ha de haber un venado que ya se agita nervioso porque voy por él.

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© José Luis Rodríguez Pittí

Publicado por primera vez en el libro "Crónica de invisibles" (UTP, Panamá, 1999).