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4 de diciembre de 2007

SUEÑOS

Cosas que nos trae el marAquella madrugada, muy temprano, cuando aún el cielo era incoloro y los otros dormían, la niña despertó de pronto, sin sobresaltos, con una extraña sensación de gozo y alegría igual a la que había sentido en su último sueño. Por primera vez en mucho tiempo había dormido profundamente, disfrutando la aventura inigualable de los sueños hermosos que habían terminado, así de repente.

No había nada que explicara su súbito despertar. Los otros niños todavía dormían, revolviéndose de rato en rato, como siempre había sido; el suave murmullo de las aguas al bajar rápidamente por el canal era el normal, de todos los días; el ruido que producían a lo lejos los animales de la noche era el habitual; y el siseo de la fría y húmeda brisa nocturna al colarse por las rendijas de la vieja madera que cubría la entrada, era el conocido silbido de todo el tiempo. Nada, en la aparente quietud de aquella noche corriente, aclaraba por qué había despertado de forma tan repentina.

Pero no importaba. Ella ni siquiera pensaba en eso. Había soñado con su hermosa madre, de cabellos de oro que peinaba con ternura con un suave cepillo. Luego, en el sueño, la madre se viraba y con cariño y delicadeza la abrazaba, y sin decirse palabras, ambas disfrutaban del placer que hay en compartir con alguien que incondicionalmente nos quiere.

La sonrisa del sueño aún no se borraba de su rostro, y el sabor de la felicidad aún le llenaba la mente, aunque era extraño que así pasara. Pero ella dedicó el tiempo a recordar una y otra vez aquel hermoso sueño en que compartía con su madre, hasta que todos los niños despertaron, poco antes que fuera completamente de día.

Al amanecer, todos se levantaron y sin decir palabra movieron el tablón que los protegía de los ratones y otras alimañas y, tras salir, lo volvieron a su lugar. Luego, con el acostumbrado mal olor del agua inmunda de la zanja, que ese día les llegaba hasta los tobillos, se dirigieron en fila, por el sendero de las ratas, hasta la salida cuya tapa de metal tuvieron que levantar entre tres.

*****

Y así, sin más, los niños se dispersaron por la ciudad. Unos en pareja, algunos solos, encaraban al ruidoso y demencial tráfico que empezaba a pulular a medida que la urbe despertaba. Otros, casi siempre en grupos de tres, se enfrentaban a los hombres, a quienes quitaban algo, huyendo luego cada cual por su lado. Algunos, menos agresivos, dedicaban su día a recoger o a entregar los paquetes que un hombre, que siempre aparecía en la esquina de una gastada casa, les pedía que entregaran o recogieran de otros taimados individuos, que casi siempre se aparecían en coloridos autos de lujo por las sucias callejuelas de aquel barrio decrépito.

El día de la niña no fue diferente y pronto olvidó las alegrías que su mente dormida le regaló aquella noche, y se enfrentó con la valentía de siempre a la vida que ya la esperaba afuera del alcantarillado. Para vivir pedía dinero, parada sobre la raya amarilla de una negra avenida de la ciudad, a la cual llegó tras una hora de camino, y donde asomaba a las ventanas cerradas de todos los carros que por allí transitaban su rostro doloroso y sucio por el hollín del diesel quemado, dejando marcados a casi todos con la mugre de sus manos, y recibiendo nada en la mayoría de los casos.

Y así, tras observar innumerables peleas entre conductores, vendedores ambulantes, peatones y varias combinaciones de todos ellos, tras ser insultada, empujada, golpeada y varias veces manoseada, tras ser testigo del atropello y muerte de dos personas, tras presenciar la venta lícita o ilícita de objetos, alimentos, drogas, animales, servicios y hasta personas, tras ver cómo el sol subía por la derecha hasta llegar muy alto y bajaba por la izquierda hasta desaparecer detrás de un lote vacío, donde antes quedaba el último árbol de toda la larga calle, bajo el que a veces se refugiaba del calor, la niña se dio por vencida y caminó de regreso a su hueco, cansada y con sólo unas pocas monedas y un pedazo de emparedado mordido, que alguien a quien ya no recordaba le había regalado, para compartir la noche con los demás niños, que para ese entonces debían estar recorriendo el largo trecho de vuelta.

Pero ya, como siempre, se había olvidado de la mayor parte de los rutinarios sucesos de ese día. Desde hacía mucho tiempo conocía las maneras de sacar de la mente todo aquello que no le gustaba, todos esos instantes de martirio que debía soportar estoicamente. Por suerte para ella, tenía amigos entre algunos de los niños que le daban de esas cosas que conseguían de un tipo en una esquina y que servían para no recordar. Para no sufrir con los recuerdos. Para no llorar. Porque en la calle nadie llora. Porque llorar, no sirve de nada.

*****

Esa noche, como todas, los niños se congregaron bajo un poste iluminado, bastante cercano a la entrada metálica de su lóbrego hogar. Allí intercambiaron cigarros, pitos, agujas, piedras, pipetas, y lo poco de comida que durante el día robaron, les regalaron o se ganaron a cambio de algo. Pero los niños no dialogaban, no jugaban, no reían; tan sólo consumían sus vidas inútilmente, como el etéreo humo de las sustancias que se fumaban, bajo la luz terrosa de un farol de una calle.

La noche, esa noche, era tranquila. El aire se movía un poco, con flojera, como el tráfico que también era esporádico, pero no hacía calor, y los policías, que a veces iban sólo a golpearlos y acosarlos con desdén, habían decidido pasar esa noche merodeando por otro lado.

Por fin, cuando la modorra agobiante de la mitad de la noche los contagió a todos, decidieron sin palabras ponerse de pie para empezar a caminar quedamente, con desgano, hasta la tapa de su hoyo en el concreto, que entre tres debían levantar con la ayuda de una vara que escondían en una grieta secreta en la acera de enfrente.

De pronto, un auto veloz dobló por la esquina, y pasó frente a los niños, lanzando por la ventana una cajeta de colores brillantes. Todos corrieron, peleándose por alcanzarla primero, pero fue la niña, la más ágil de esa gavilla de chiquillos, la que llegó y la tomó primero.

Sin nadie que la molestara, se quedó inmóvil en el centro del camino, contemplando con orgullo e inocente placer infantil a través del plástico transparente de aquella gran caja de muñecas, apenas una de las tantas que esa niña afortunada tiró despreocupadamente a la calle. Luego, con amor y adoración cerró los ojos y abrazó fuertemente el obsequio que alguien a quien nunca conocería le había dado, y por segunda vez en ese día, pero con la intensidad inconmensurable de la realidad, la niña sintió esa extraña sensación de gozo y alegría que sólo se vive en los sueños.

Y fue tal la emoción y euforia que sintió por el regalo que le dieron, que no oyó el camión que pitó, frenó y trató, con la inútil pericia de aquel conductor, de esquivarla, desviándose lejos del centro del camino.

*****

Y así sucedió la espantosa tragedia. Los niños se dispersaron y cada uno durmió esa noche lo más lejos que pudo de ese lugar. El chofer del camión demoró más de veinte minutos en bajarse de la cabina, y cuando lo hizo caminó sin sentido varios kilómetros antes que lo pararan y se lo llevaran. La policía llegó, mucho después, y en una camioneta cumplieron fríamente con su deber de madrugada. Y cuando por fin concluyó todo aquello, a lo que casi nadie prestó atención, me acerqué a la única posesión que orgullosa tuvo la pequeña niña, y vi con horror que tan sólo se trataba de la caja, cruelmente vacía, de una de las tantas muñecas que una niña afortunada tiró con desidia una noche a una calle cualquiera.


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© José Luis Rodríguez Pittí, texto e imágenes. Todos los derechos reservados.
"Sueños" publicado por primera vez en "Crónica de invisible" (UTP, Panamá, 1999)
"Cosas que nos trae el mar, #34" aparece por primera vez en esta página.
www.pieldetigre.com

5 de agosto de 2007

NUEVAS CIRCUNSTANCIAS

—Esa última vez pudiste ser mía

—Me atemoricé.

—Aún serías mía.

—No quería perder el control. ¿Recuerdas que te lo dije?

—Nunca debí llevarte a clases.

—Al día siguiente... Sólo tenías que esperar un día más.

—Sabes que no pude.

—Me hiciste perder el control. Y ese día tenía un examen. Y era el patio de la universidad. Te propasaste...

—Tú lo deseabas.

—Entiéndeme. Eran muchas circunstancias en contra de ese momento. No debiste llevarme. Sólo tenías que esperar un día más.

—Pero igual, no quisiste nada al día siguiente. Ni siquiera me besaste. Me pareció absurda tu actitud.

—Me ponías nerviosa. Ya lo sabes. No quería que tuvieras ese poder sobre mí.

—Pero el jueves igual lo hice, y sólo faltó un poquito para adelantar el viernes.

—Y ahora las circunstancias serían distintas.

—Nunca comprendí por qué actuaste ese viernes así. No me gustó sentirme rechazado.

—No lo hice por herirte. Entiende. Fui cobarde. Tuve miedo de enfrentarlo. El miedo de empezar una vida de cero fue atroz, pudo más que yo.

—Pero, al no aceptarme, empezaste igual una nueva vida.

—Siempre es posible volver a empezar.

—Cierto a veces. Pero otras muy tarde.

—¿Y en ésta? Quisiera empezar contigo. El control no me preocupa. He aprendido la lección.

—¡Pero es que no comprendes! ¿No te das cuenta de las circunstancias en las que estamos?

—Sólo son eso: circunstancias.

—Pero, él te mató. Entiéndelo. Estás muerta. Has muerto.

—Y, ¿qué diferencia hace?


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© José Luis Rodríguez Pittí
Publicado por primera vez en la Revista MAGA #60-61, Panamá, 2007.

EL PINTOR CALLEJERO

Ocurrió a mediados de enero, en una noche de plenilunio. Todavía era temprano. Aún se veía ese último manto de luz solar, cuando ya la luna hermosa, bruñida, de plata, se elevaba enorme por donde nacen los astros tras los edificios de la ciudad.

Fue una nítida noche de luna llena, debo admitirlo, pero en ese momento no lo era para mí. Mis penas y frustraciones me perseguían y me atormentaban, me esperaban a donde iba y caminaban a mi lado haciéndome sentir un ser miserable a la vista de los demás.

Traté de huir, pero físicamente me fue imposible. Caminé varias cuadras al lado de tan incómoda compañía, hasta llegar al parque, ya vacío. Quería relajarme, meditar, liberarme de esos males y preocupaciones, ayudado por el rico néctar de caña que compré en una tienda en el camino.

Así que me senté en una banca. Miré hacia el cielo, hacia la presumida luna, y del pico de la botella me tomé un buen trago de ron. Esperaba tranquilizarme y encontrar la paz en aquel sereno lugar, ayudado por la brisa del incipiente verano y aquel precioso líquido. Pero no era fácil: rodeándome, sentadas y de pie, todas esas preocupaciones que me siguieron hasta el parque empezaron a reírse a carcajadas de mi. Al mismo tiempo. Mirándome con mofa. Burlándose.

Decidí ignorarlas. No hacerle caso a sus payasadas. Así que cerré los ojos y seguí bebiendo, prestándole atención sólo al calorcito que sentía en el estómago con cada trago. El tiempo pasó, medido por el contenido de la botella que como un reloj de arena se vaciaba cada vez más. Pronto, me sentí emancipado. Renovado y relajado, ahora sí podía hacerles frente y reír también con ellas. Así que abrí los ojos y fue cuando me di cuenta que el parque entero había sido invadido por tantas de ellas que ocupaban las bancas disponibles, enojando a los pocos transeúntes que querían sentarse y no podían, y me miraban con mala cara mientras seguían su camino murmurando, como si fuera mi culpa.

Pero ya nada me interesaba. Me reía de ellos igual que de mis molestias, que reían y reían a su vez todas de mí. Eran tantas haciendo barullo (y yo con ellas) que el parque temblaba y los árboles se movían de un lado a otro. Poco a poco la gente, creo que asustada, dejó de pasar.

Siguió fluyendo el tiempo que arrastró consigo todo el líquido. Ya para entonces no podía ver más allá de unos metros, y sólo prestaba atención a quien compartía conmigo la banca, la preocupación más necia y grande de todas, la que más se reía y parecía comandar a las demás. Su rostro cambió de pronto, se puso seria igual que yo, tomó la botella vacía en sus manos y la estrelló en mi cabeza. Lo último que recuerdo es el ruido de mil carcajadas apagándose en mi cabeza.

*****

Y desperté de pronto, sobresaltado y con miedo, en un lugar extraño, un hoyo en el concreto, tal vez una alcantarilla, tenuemente iluminada por una vela madura, cuya cera gastada cubría casi por completo la roca en que reposaba.

En las paredes, un mural complejo hacía ver aquel hueco como una amplia habitación, diría que un estudio lleno de libros, amueblado y decorado sobriamente. En una esquina del mural, dibujados también, un caballete y una mesa pequeña sobre la que habían dejado desparramados algunos pinceles y frascos de pintura. Finamente dibujadas, dos ventanas abiertas dejaban ver un paisaje fantástico, irreal, pero creíble, de una gran meseta de piedra sobre la que había una ciudad majestuosa.

Me incorporé sobre el cartón en el que estaba tendido. Mi cabeza palpitaba. Me toque instintivamente, pero no había sangre. Confundido y asustado, me arrastré hacia la puerta dibujada al final del agujero cuando una voz, desde mi espalda, me interpeló:

—¡Oye! Desgraciado. Te vas así, ¿sin darme un simple “gracias”?

Me di la vuelta y lo vi por primera vez. Tendría como treinta años. Barbudo y desaliñado, con ropas viejas, me miraba con sus ojos pequeños, inteligentes, inquisitivos.

—Te encontré hace dos noches tirado en el parque —me dijo—. Cuando llegué, te habían dado un botellazo y te iban a robar... ¡Te iban a joder! ¡Y eran apenas unos chiquillos! Pero con la borrachera que tenías... Te salvé. Los ahuyenté. Te traje a mi casa... Mira, no espero nada de ti, pero... Ven acá, esperaba aunque sea un simple “gracias”.

Estaba sentado en un banco de madera a un metro de donde yo había estado acostado. Lo escuché serio y con un dolor de cabeza cada vez más grande. Pero tenía razón. Instintivamente me toqué la muñeca y todavía tenía el reloj, que aunque no era muy valioso, era mi reloj. En el bolsillo de mi pantalón aún tenía la billetera. Por lo visto no pudieron hacer más que darme el feo golpe. Le di las gracias y le pregunté dónde estaba y quién era.

—Obviamente en mi casa —dijo mientras hacía un gesto abarcador con las manos. Hizo una pausa, mirando al infinito y siguió:

—Vivo aquí, apartado de la gente, exiliado del bullicio y la inmundicia humana, pero en medio de ella. No debo nada a nadie y lo poco que necesito lo consigo pintando. Soy pintor. Un pintor libre. Un artista independiente de verdad. Para mí, pintar es lo único, así que lo hago sin restricción, para liberar todo lo que pasa por mi mente, todo lo que siento. Casi siempre pinto la ciudad, las paredes, pinto opiniones, mi visión. A veces hago cuadros que le vendo a un tipo mediocre que dice ser pintor y haber estudiado... ¡Qué sé yo! ¿París? Me enteré que ha vendido algunos a su nombre pero, ¡qué carajo! No pinto para que me conozcan, y gracias a él puedo comprar los materiales y pintar y pintar más cuadros y más paredes.

—Y, ¿tu nombre? —pregunté por cortesía, porque no había que darle mucha cuerda para que hablara.

—No preguntes. Mi nombre no importa —dijo abriendo los ojos, exaltado, como lleno de furia—. Tampoco preguntes por mi pasado, ni por qué decidí vivir así. Sólo importa el presente en el que vivo y siento y pinto, para mostrar al animal hombre, para denunciar sus vicios, sus maldades, sus inmoralidades. ¡Estupideces! Y pinto para mostrarle al mundo esas cosas hermosas, pero sencillas, que debería buscar y lograr el ser humano pero que a veces olvida en su apurada carrera por... ¿Como le llama? ¿El éxito? ¿Ideales? ¡Qué sé yo...! Igual no son más que fanatismos, majaderías, producto de ansiedades y culpas... Pobres hombres atormentados.

“Está loco”, pensé. Hablaba de hombres atormentados mientras vivía exiliado en un hueco bajo alguna calle de la ciudad. Hablaba de ideales fanáticos cuando él mismo pintaba como medio de lucha en una cruzada idealista en la que sólo él estaba.

Habló bastante más, frenéticamente, repitiéndose. Me mostró algunos bocetos de murales que pensaba hacer en diversos lugares y, la verdad, es que eran impresionantes. Los sacó de una caja detrás del caballete que, al principio, había creído que estaba pintado en la pared. Me habló de sus murales ya terminados, algunos de los cuales yo recordaba haber visto en diferentes lugares o en un reportaje de televisión sobre graffitis. Y, sí, por algunos había sentido exactamente las sensaciones que él decía haber querido expresar. La mayoría me habían impresionado.

Siguió sacando dibujos hechos a lápiz sobre viejas hojas de papel, algunas usadas y rayadas por un lado, otras ajadas y amarillas por el paso del tiempo. También me mostró algunos lienzos terminados que pensaba vender al “pintor mediocre”, como lo llamaba. Tanto los dibujos a lápiz como los lienzos al óleo estaban muy bien logrados y todos daban la impresión de algo grandioso, con vida, que hablaba y mostraba en imágenes estáticas la dinámica de una idea, el animado sentimiento que el autor quería entregar al espectador. Aunque mi formación no me hacía un experto en artes plásticas, podía darme cuenta que estaba ante un verdadero, aunque desconocido, maestro de la pintura.

Finalmente me mostró el último de sus cuadros. Un hombre enorme, atormentado por miles de hormigas que le mordían los pies. El punto de vista bajo hacia ver a los insectos como monstruos horrorosos, pero así mismo al hombre como un gigante de proporciones indescriptibles que cobardemente se miraba y se reía con cara de idiota mientras las hormigas se lo comían implacablemente. El fondo, sencillo y complejo a la vez, mostraba un cielo teñido de un sublime tono azul oscuro con una luna de plata, una luna bruñida, una luna hermosa de plenilunio y a lo lejos, acercándose por la derecha, un niño pequeño, muy pequeño, que corría resuelto hacia donde el hombre con la evidente intención de ayudarlo.

De pronto, comprendí con horror aquella escena. Volví a ver el rostro del gigante y vi que era el mío. Era yo el que se reía estúpidamente en una noche de luna llena a mediados de enero.

*****

Y desperté de pronto, sobresaltado y con miedo, en un lugar extraño de blancas paredes. Era un hospital donde estuve tres días inconsciente, tres días sin sentido, por un golpe en la cabeza recibido indefenso por los efectos del exceso de alcohol.

Según pude saber, me habían encontrado unos policías tendido en un parque con una botella rota en la cabeza. Me llevaron al hospital y notificaron a mi familia. Unos tipos me había atacado, pero no pudieron robarme gracias a que aquellos dos policías que pasaron en el momento preciso.

Nunca había vivido una experiencia como esa y hoy creo que realmente tuve suerte. Eso marcó un punto en mi vida, que me hizo buscar ayuda. Aún así, me costó mucho. Han pasado dos años desde entonces, y sólo gracias a un poder superior y al apoyo de mis compañeros en las reuniones diarias he podido estar sobrio todo este tiempo y enfrentar mis preocupaciones de otra manera.

Gracias a mis compañeros, mi poder superior y algo más.

A los dos meses de aquel suceso, salí a caminar una tarde y pasé, casualmente, frente a una galería. Me detuve frente a la vidriera extrañado. Desde la calle se podía ver el cuadro de un afamado artista, cuyo nombre no diré, que me atrajo poderosamente y me obligó a entrar. Hasta ese momento había creído con sinceridad que lo de aquel pintor callejero y su peculiar hueco no había sido más que un sueño extraño en el hospital. La pintura, mostraba la escena de un gigantesco hombre atormentado por pequeñas, pero monstruosas hormigas, en una noche de plenilunio.

Compré el cuadro y he buscado al autor verdadero. Incluso, en mi afán por encontrarlo, me atreví a hablar con el supuesto autor que, claro, se sintió insultado ante mis cuestionamientos. Pero todo ha sido en vano.

Así que ahora lo tengo colgado en mi oficina, frente de mi escritorio, y todos los días lo observo y me río de la cara de borrego de aquel hombre que no quiere enfrentarse a tan pequeñas e insignificantes hormigas.


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© José Luis Rodríguez Pittí.

Esta versión corregida del cuento es la que aparece en "Sueños urbanos" (Panamá, 2007).

27 de abril de 2007

UN OSCURO INCIDENTE

Un hombre vestido de negro perfecto camina por el solitario hospital. Quedan poco más de seis minutos de plazo para que las dos manecillas del reloj se encuentren en cero. Una que otra luz ilumina con dureza partes del oscuro pasillo por el que avanza. El calor es inhumano, la humedad hincha la atmósfera. En cama los enfermos sudan su dolor.

La figura gira en la esquina y se le puede ver algo mejor. Lleva un ramo diminuto de flores blancas.

El silencio casi perfecto es roto por un quejido triste. Un colchón cruje al moverse un enfermo insomne. Alguien tose con fuerza al tratar de expulsar algo más que sólo flema. Extrañamente, no hay médicos, no hay enfermeras. La soledad es rotunda.

Finalmente llega a la habitación. La 121. Ocupada por tres hombres. Dos duermen profundamente, sedados tal vez. El tercero lo mira y dice sereno:

—¿Ya es hora? Finalmente veo tu rostro.

El hombre de negro camina a su lado y coloca las flores en un vaso de agua junto a la cama. El otro las mira resignado, y luego a la oscura figura.

—Apura. Acaba ya con lo tuyo —le dice inquieto.

Con lentos gestos, el umbrío personaje toma una gran almohada y la coloca sobre el rostro del otro. La presiona y pacientemente espera a que transcurran completos cinco minutos. La tiende de nuevo en su lugar y tranquilo se retira.

Al amanecer reportan muerto a uno de los pacientes de la habitación 121. Escriben que fue por causas naturales, quizás por su edad avanzada. Había sido ingresado para un examen. Por dolores. Lo sacan y entregan las pertenencias a los familiares.

Nadie vio jamás al hombre de negro. Nunca nadie reclamó las flores blancas que fueron a dar a un tinaco de plástico.

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© José Luis Rodríguez Pittí
Publicado por primera vez en esta página.

LA ANGUSTIA

Doble sueño, doble visión, dos historias muy distintas la una de la otra y un sólo gesto misterioso en cada una. Una mueca irracional, angustiosa, que aún no comprendo y se resiste a todo análisis, negándose a pasar siquiera por los mecanismos lógicos más elementales de mi mente.

Pero no indaguemos más. Mejor hagamos de las dos alucinaciones una única ficción.

*****

—Hazme el amor.

—La cuenta, por favor.

Entran al auto estacionado a la entrada del restaurante. La gente pasa. El letrero luminoso brilla con intensidad.

Se besan con ardor.

Ella en sus brazos. Él la acaricia, mientras la abraza con ternura. Le desabotona la blusa y, con placentera delicadeza le toma un seno, luego el otro.

—Vamos, aquí no.

Se componen y salen raudos de allí.

Antes de que les abran la puerta metálica, él le desabotona nuevamente la blusa y, con un rápido y preciso movimiento en la espalda, le quita el sostén. Ella, con torpe desesperación le arrebata la corbata y lo despoja de la camisa.

El anónimo anfitrión abre finalmente la entrada y ambos quedan al pie de la cama. Él sentado. Ella de pie, desnuda desde la cintura.

Él la besa en el abdomen, con creciente excitación y una ternura especial. Pero al mirar de pronto hacia arriba, ve en su rostro un gesto que no comprende, pero que inmediata e irremediablemente perturba la paz de su alma y le llena de angustia.

Nada sucede entonces, y esa noche sueña con la más terrible mortificación.

*****

La procesión de negro sale de la iglesia. Al frente, un ataúd funesto es cargado por seis hombres de luto perfecto. La carroza espera con la puerta abierta.

—¡En andas, hasta el cementerio!

La puerta se cierra y los seis encabezan la marcha con su aciaga carga, seguidos por el coche vacío.

El silencio es roto sólo por el cuero al golpear el asfalto.

El calor, producto supremo del sol, es intenso. En el camposanto han abierto un vientre en la tierra y dos hombres esperan sin prisa, apartados, para cerrarlo de nuevo.

El féretro es colocado sobre las dos cintas del mecanismo que lo bajará despacio, en silencio mortuorio, hacia el fondo de la cavidad. Antes de accionarlo, el más triste de los seis lúgubres hombres se acerca al cajón y levanta la ventanilla de la tapa para mirarla por última vez.

Y al mirar, ve con horror ese gesto que aún no comprende, que después de tanto tiempo vuelve para perturbar una vez más la paz de su alma con la más terrible angustia.

Nada más sucede. Y esa noche, que ahora se hace eterna, sueña con la más terrible mortificación.


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© José Luis Rodríguez Pittí
Publicado por primera vez en el libro "Crónica de invisibles" (UTP, Panamá, 1999).

13 de abril de 2007

EL INCIDENTE DEL CINEMATÓGRAFO

Anoche, en la tanda de las nueve, me sucedió un curioso incidente en el cinematógrafo. Yo iba con ella, la de siempre, a la misma salita (ínfima salita) de multisala de cine moderno. Nos colocamos más o menos hacia el centro, sin vecinos a los lados y sólo un par de pequeñas señoras enfrente. Apagaron las luces, e inició la tanda de anuncios.

A medida que pasaba el desfile de basura, el local se fue llenando. A mi lado derecho, con descuidado ruido, se sentó un grupo de cuatro personas, o más correctamente, un equipo de dos parejas. La integrante femenina de una de las dos quedó precisamente a mi lado.

No podía verle el rostro por lo avanzada de la oscuridad, pero sí podía sentir su incitante olor a Floré® (el ® es de rigor, exigido por los abogados del editor de esta publicación), a flores, a hembra olorosa en la oscuridad del cine. Claro, yo iba acompañado, y todo esto lo pensé muy en el fondo, sin siquiera insinuarlo con un gesto.

La miré con disimulo. Más bien: observé, solapadamente, la silueta de su rostro hasta que el tenue fosforecer reflejado de la montaña que aparecía en la pantalla me dejó verle brevemente el busto. Quiero decir, me permitió ver lo que en escultura llamamos un busto, el tórax, su tronco de tronco de hembra. De lo que ví, percibí que era bien parecida en aspecto y proporciones, y con el estudiado aroma que, estoy seguro había tardado en elegir, me pareció sensual.

La cinta empezó con mil créditos y un asesinato. Acción inmediata y cero argumento, filmada a la carrera (por un camarógrafo corredor), actores con el aspecto y las maneras de una cruza mal hecha entre un rudo obrero y un iletrado marinero pirata, y una infinidad de hermosas mujeres de mentira. Otra película aburrida que, sólo por complacencia, tenía que aguantarme.

No sé, en verdad, cómo empezó todo pero, de pronto, me encontré con la rodilla de mi vecina. Quiero decir: mi rodilla se topó por un momento con la de ella. Apenas tuve tiempo de darme cuenta consciente de ello, pues con rubor (imaginario, obviamente) ella la apartó de inmediato.

No le di color al asunto. No gasto el intelecto en perversiones, y ese hecho sin importancia hubiera desaparecido de mi mente si no hubiese sucedido más nada luego. Pero después de otro rato de aburrimiento, la rodilla de ella volvió a topar a la mía. Como dije, no me considero depravado, pero ya la cosa, aunque seguía pareciendo accidental, se volvía más interesante que la cinta.

Igual que en la primera ocasión, ella retiró rápidamente el miembro. No, mejor menos literario para evitar malos pensamientos: retiró rápidamente la extremidad, su rótula.
Con la periferia de mi retina, repleta de esas células en forma de bastón que nos dejan ver de noche o muchísima imaginación, no sé, creo que la vi mirando de reojo hacia mí. Sí, eso me pareció y ahora estoy seguro, porque mientras yo la veía, volvió a chocarme con su pierna.

Claro, para ese entonces yo tenía la mía pegada al borde derecho y cualquiera (con ojos nocturnos de búho), hubiera dicho que era fácil que ese accidente ocurriera. Pero yo sé que no fue así. Fue: me rozaron la rodilla mientras me miraban de reojo.

Así de sensual, en la tanda de las nueve.

Y es que, en esos movimientos hubo pasión y una gran carga de sexo y gozo. No sé por qué, pero así lo siento. Fue erótico, aunque nuevamente, debo admitirlo, el toque no fue más que un momentáneo roce. No. Con un roce no hay presión. Empiezo otra vez: debo admitirlo, no fue más que un toque momentáneo.

Claro, si hasta aquí hubiera llegado todo, podrían tildarme de enfermo perverso. Lo sé, y lo admito. Pero no aconteció de esa manera. A pesar de que a mi izquierda me tenían agarrado por el brazo, la siguiente vez la cosa no fue un simple toque momentáneo. Su rodilla y la mía se pegaron nuevamente pero, a diferencia de las veces anteriores, no se separaron. Corrección: a diferencia de las veces anteriores, su pierna entera no se separó de la mía.

Acepto que mi muslo ya para ese entonces era una roca inamovible del borde derecho de mi puesto y, por unos instantes, pensé que el asunto no era más que un accidente. Y aunque deseaba que no, quise creer que mi amiga (mi amante de pierna) creía que se apoyaba en el brazo de mi silla.

Así estuvieron las cosas por unos instantes. Yo no hacía el menor gesto. Ella no se inmutaba. El contacto de nuestras partes era intenso, hondo y riguroso. Su rodilla ahora hacía círculos contra mi muslo. Mi pierna se movía arriba y abajo. Rozábamos los miembros, su pierna desnuda, la mía encapuchada (tiempos modernos estos). Sentía placer en aquello. Sospecho que ella también. No sé más.

Pasó el tiempo, medido por las escenas insulsas de la película aquella, y por nuestras extremidades que jugaban a derecha e izquierda, la mía y la de ella. Y así todo acabó. La película llegó al final, con el héroe y la chica juntos, y los malos acabados. Yo sudaba copiosamente, cuando oí un largo suspiro a mi lado.

—¿Nos vamos?

—Sí. Nos vamos.

Me incorporé. Ya ella lo había hecho apresuradamente en la dirección opuesta, tomada de la mano de otro. Sólo tuve tiempo de ver su espalda (su cabello de bronce cayendo sobre su hermosa figura).

Esto nunca lo supo mi compañera de entonces. Nunca lo ha sabido nadie hasta ahora. Pero a pesar de no haber visto nunca su rostro, saber quién era, oír su voz, acariciar su piel o mirar sus ojos, aún la recuerdo con fervor: su olor apasionante, su perfecta presencia, nuestro sensual encuentro.

Eso fue hace un año. Ahora voy al cine asiduamente. Con otra, con otras. ¡Qué más da! El objetivo es el mismo siempre, ajeno a quien me acompañe.

Aún la busco con celo. Busco aquel olor a Floré®, aquella pierna deliciosa, aquella hembra olorosa en la oscuridad del cinematógrafo en la tanda de las nueve.

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© José Luis Rodríguez Pittí
Publicado por primera vez en el libro "Crónica de invisibles" (UTP, Panamá, 1999).

ENTREVISTA PARA EL LIBRO "CUENTO QUE TE QUIERO CUENTO"


La profesora Fulvia Morales de Castillo me otorgó el gran honor de elegir dos cuentos míos para la antología "Cuento que te quiero cuento", en preparación por la editorial 9 Signos: "Sueños" y el que le da título a este blog, "Piel de tigre". Pero mayor honor fue la entrevista que aparecerá en dicho libro y que transcribo a continuación:

Fulvia Morales de Castillo: Háblenos brevemente acerca de su muy particular concepción del cuento como género literario.

José Luis Rodríguez Pittí: El cuento es el género literario más perfecto pues en él converge lo mejor del arte literario.

«Medio de expresión que nos concede narrar lo efímero o lo trascendente; retratar el universo entero o una ínfima de sus partículas. Por su brevedad, nos obliga a expresar las ideas más complejas de manera contundente, precisa. Por su forma, su estructura, su trama rápida nos da la capacidad de sorprender al más sesudo de los intelectuales. Por la estética del lenguaje poético con el que podemos construirlo, nos es posible emocionar, calar intensamente en el alma más sensible.

El cuento siempre nos deja una huella honda: podemos olvidarnos de sus palabras exactas, pero nunca de la impresión que se nos graba completa en la mente.

Pequeña forma de expresión, el cuento parece una cosa simple como aparenta serlo la luz de las estrellas.


FMC: ¿Por qué escribe cuentos y, entre los que hasta el momento ha publicado, cuáles son sus preferidos y por qué?

JLRP: Escribo porque hay cosas en mi mente que no puedo expresar de otra manera. Estimulado por todo lo que activa mis sentidos, me es inevitable tomar la pluma y trazar ese producto del pensamiento con los símbolos que me da el idioma. Al final, el género o la forma en que lo haga dependerá de lo que tenga que decir en ese momento, y el cuento no es más que uno de los métodos.

«De lo que he dado al lector, mi cuento favorito es el último que publiqué, “Por una tonada”. De lo que he dado a la imprenta (no es igual, pues ha sido en medios distintos) mi narración favorita, la que mejor me describe, es una de las que aparecen en esta antología, “Piel de tigre”. Pero esto es momentáneo: tengo un cuento que me gusta más pero no he terminado. Espero publicarlo pronto para poder escribir otro que tome su lugar en ese orden personal.

«Pero mis preferencias tienen una importancia nula, pues llegará un punto en el inconcebible futuro en que, como cada acto humano, todo lo mío quedará perdido irremediablemente.


FMC: ¿Cómo es su ingreso al mundo literario, como lector y como escritor?

JLRP: Es curioso: en mi recuerdo de lector no existe ese punto de transición. Fue algo que empezó antes que mis recuerdos.

«Mi madre fue responsable de ese comienzo. Desde muy pequeño me leía a diario cuentos, historias, los relatos clásicos de las letras infantiles. Mi padre, por otro lado, al enseñarme a apreciar las sobrecogedora belleza natural del mundo y del arte, me llevó bien adentro del mundo literario y me preparó para dejarme libre: de su boca y por su ejemplo me instruyó en el amor y el respeto por la literatura, la música y todo cuanto el ser humano ha hecho con su arte o ciencia.

«Discos y libros siempre abundaron en casa de mis padres y mis abuelos, y al igual que las películas que veíamos, eran el tema de conversación de sobremesa. Así que fue natural que creciera con la cabeza llena de historias, frases hermosas y juegos de palabras leídos de otros o inventados por mi.

«Un día de mi adolescencia descubrí que escribiendo eso que tenía en la mente podía influir notablemente en otras personas, mucho más que si sólo lo decía. Por experiencia de primera mano descubrí el poder de la palabra escrita, cuya belleza ya conocía muy bien.

«Poco tiempo pasó para que empezara a llenar cuadernos con toda clase de cosas. Aún se acumulan en casa, mi oficina, incluso en el auto.


FMC: ¿Podría comentarnos cuál es su visión de la actual cuentística nacional y cuáles sus expectativas con respecto a su desarrollo?

JLRP: Es un hecho único en nuestra historia que hoy es el género literario más ampliamente difundido y practicado en Panamá. Creo también que es el género en que el mayor número de autores ha alcanzado un alto grado de calidad.

«Dada la facilidad para publicar, sobre todo por la Internet y, en menor grado, por las revistas, creo que la práctica de este género seguirá creciendo en número y en calidad. Si a esto sumamos los talleres literarios e, incluso, los diplomados universitarios, pienso que tendremos cada vez más y mejores autores.


FMC: Todo escritor es necesariamente un atento lector. ¿Cuáles son las obras que más aprecia, ya sea porque lo ayudaron a formarse o simplemente porque dejaron una huella importante en su desarrollo intelectual y humano?

JLRP: Para un lector voraz, como yo, es muy difícil hacer este tipo de elección. ¿Cómo mencionar a Borges como influencia principal e ignorar a Kafka, Paz u Homero?

«Por otro lado, siempre he creído que el pensamiento lo formamos con todo lo que nos entra por los sentidos, y no sólo con las lecturas. Así que, ¿cómo mencionar a Borges como principal influencia e ignorar a Jobim, Chopin, Kubrick, Monet o Sebastião Salgado?

«De muy niño, ateniéndome a las influencias literarias, obviamente lo hicieron los autores de cuentos infantiles. Luego, su tanto hicieron la literatura juvenil, sobre todo de aventura, y los clásicos que generalmente se leen a esa edad. De ellos, los que más me afectaron fueron sin duda todos los libros que leí y releí de Julio Verne, Robert Louis Stevenson (que leí de maneras distintas en dos épocas de mi vida), Alejandro Dumas, Mark Twain, Lewis Carroll, Tolkien, el gran Víctor Hugo, Edgar Allan Poe, Washington Irving, Chesterton, Lovecraft, Hemingway y el poderoso Kafka. En esa misma época y cada vez en mayor medida me llené de ciencia ficción, de cuyo catálogo tengo que mencionar a Isaac Asimov, Arthur C. Clarke, William Gibson, Philip K. Dick, Douglas Adams y Stanislaw Lem que entre las de otros, devoré casi todas sus obras. Ellos me llevaron a leer libros más científicos, que indudablemente también me formaron.

«Estando en la Facultad de Ingeniería, en una búsqueda un poco más selecta, abandoné la ciencia ficción y me dediqué por completo a estudiar a los panameños trascendentales y a los latinoamericanos más famosos. Hondamente, me influenciaron José María Sánchez y su hermano Guillermo Sánchez Borbón (cuyo Ahogado es una joya), Rogelio Sinán y Mario Augusto Rodríguez que, a pesar de ser mi tío, no había descubierto hasta ese entonces. Leí también detenidamente una amplia muestra de la obra de García Márquez, Cortázar, Carlos Fuentes, Álvaro Mutis, Octavio Paz, Pablo Neruda, Cabrera Infante, Vargas Llosa, Juan Rulfo, Ernesto Sábato, Bioy Casares, Horacio Quiroga y fue, para ese entonces, que descubrí a Borges que me hizo replantearme el universo en mi cabeza y cuya obra no dejo de releer completa desde entonces. Si alguien me ha influido más que ningún otro autor ha sido el maestro argentino.

«Al salir de la universidad me dediqué a explorar otras literaturas. Como influencias puedo mencionar lo que he leído de Milan Kundera, Humberto Eco, Thomas Pynchon, Paul Auster, Toni Morrison, Salman Rushdie, Walt Whitman, Matsuo Basho, Ryonosuke Akutagawa y Yukio Mishima. Deben escapárseme varios nombres, pero creo que están la mayoría de esos autores que he llegado a apreciar luego de conocerlos muy bien. Por supuesto en ese tiempo leí divertido toda clase de cosas, desde los más humildes pasquines hasta novelas contemporáneas que fueron desde las policíacas de Agatha Christie hasta las de espionaje de John Le Carré. Leer es un placer del que me confieso abusador.

«Ahora, dedico mi tiempo a leer la literatura más contemporánea, sobre todo la que se publica en ese Aleph soñado por Borges, esa maravilla que es la Internet, sobre todo cuento y poesía. De ello no quiero emitir una opinión hasta que haya pasado el tiempo necesario.


FMC: A su juicio, ¿por qué resulta fundamental que, desde pequeños, se inculque la lectura de buenas obras literarias a los jóvenes? ¿Qué hace realmente la literatura por alguien que empieza a asomarse al mundo?

JLRP: Pienso que lo fundamental es enseñar a los jóvenes el amor por ese mundo de divertida fantasía y aventura que hay en cada pieza de ficción, oral o escrita. Amor que, por supuesto, debe inculcarse junto a un razonamiento, un pensamiento crítico. Ese gusto por la narrativa se obtiene fácilmente, pues es inherente a todo niño. Sólo después se puede enseñar a leer y disfrutar de la lectura. En su momento llegarán las buenas obras literarias.

«El problema para los padres y el sistema educativo en general, es que esto se debe hacer a la edad en que todavía los niños no van a la escuela que es cuando la curiosidad verdaderamente los llena. Y es difícil que un padre que no gusta de la lectura y este tipo de arte, o siquiera tenga el tiempo, pueda enseñarle a sus hijos. Es un círculo vicioso que tenemos que encontrar la manera de romper.

«Lo importante de todo es que la lectura nos muestra el universo con todo su rico contenido, incluyendo el de la mente poderosa de grandes hombres y mujeres, de un modo que jamás podremos experimentar personalmente. De esta formación, de esta experiencia, se sale más sabio y mejor preparado para enfrentar al mundo.


FMC: ¿Qué le recomendaría a los jóvenes que desde temprana edad sienten una inclinación hacia la escritura creativa; o en general, a cualquiera persona sensible que, por alguna razón, aún no ha entrado de lleno al mundo de los buenos libros?

JLRP: Para empezar, tener libreta y pluma siempre a mano para anotar cada idea, cada estímulo producto del entorno o la lectura, cada trozo de loca imaginación. Por supuesto, también vivir y leer; observar; absorber el ambiente; estimularse con la realidad. De eso nacen las ideas de las que surgen las obras literarias.

«Ahora bien, para escribirlas hace falta leer y algo más: hay que estudiar la estructura de las buenas obras con un ojo que vaya más al fondo que la trama o la historia contada. Una vez comprendido este armazón, se debe empezar a utilizar las ideas para convertirlas en poemas, cuentos, novelas o la forma literaria que mejor les quede.

«Por último, hay que dar lo escrito a otros. Buscar la opinión de cuanto lector conozcamos y mejorar, siempre, mejorar con esa información.

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© José Luis Rodríguez Pittí
Publicado en la antología de Fulvia Morales de Castillo, "Cuento que te quiero cuento" (9 Signos, Panamá, 2007).

10 de abril de 2007

SANTUARIO

Huir, siempre huir. El pensamiento original: sospechoso. Expresarlo: un peligro inmenso. Especialmente en la hermética sociedad de los niños.

Santuario. Único templo en el que pedir refugio durante el encierro diario de siete horas. Asilo al que escapar de ser perseguido por la turba. Cobijo peligroso, pero único lugar para un niño solitario.

La biblioteca.

El silencio es sepulcral. Hileras de anaqueles llenos me esconden. Elisa, la bibliotecaria, me ha visto pasar a su lado, traspasando la única entrada, pero dirá a quien le pregunte que no. El riesgo y la responsabilidad son mías, únicamente.

Pero vale el peligro por el privilegio de hojear, abrir y cerrar cuanto libro quiera, el tiempo que sea, en el orden que se me antoje. A mis manos tengo incluso esa fina selección de libros que alguien más arriba proscribió del catálogo.

Sólo debo ser invisible y preservar el silencio, que ahora es perfecto.

Estiro el brazo y tomo el libro de Stevenson. En una semana nadie lo ha tocado, y la solapa aún marca mi punto de partida. Ben Gunn sueña con queso, y yo con que el tiempo se detenga y nadie entre a interrumpirme hasta haber leído lo que falta. Hasta salir de la isla de la calavera, de todas las islas y (pronto lo haré) hasta escapar definitivamente de este recinto minúsculo donde los libros cada vez me parecen menos.

Pero mi sueño se apaga de un cañonazo mientras Jim ve izar la Jollie Roger. La puerta rechina y de un brinco devuelvo el libro a su sitio. El corazón me late con fuerza. Me siento dentro de un barril para manzanas. El cura pasa distraído entre dos anaqueles, pero no me ve.

Devuelvo el libro a su lugar y espero lleno de angustia. No sé qué es peor, si la expulsión temporal del colegio o el destierro permanente de la biblioteca.

Se mueve con rapidez. Va sacando libros y colocándolos en un carrito. No puedo verlo, pero lo escucho y siento el agresivo tufo ibérico en el mediodía tropical. Debo adivinar sus movimientos y oponérmeles con sigilo. Sin tropezar: él en la galería uno, yo a la dos; él en la dos, yo atrás del armario. Mi única ventaja, su ignorancia.

Finalmente, tras unos minutos de agitación se va y la paz vuelve a mi refugio, aunque por corto tiempo. Se ha llevado algunos libros. Entre ellos el mío.

De pronto, dando un portazo, entra Elisa.

―Estuvo a punto ―le digo.

―Para mí es suficiente ―me increpa―. Te vas de una vez.

No discuto con ella. Las reglas son estrictas y siempre las ha roto por mí. Me retiro mansamente, pero no sin antes preguntarle por el destino de los libros retirados. Me interesa sobre todo, poder terminar con el mío.

―Los va a desechar ―me responde con el rostro aún serio―. Hace días los quiere eliminar porque están en inglés, y no sirven.

No hay replica alguna, aunque el dolor me embarga y me acongoja. Los cuentos de Poe, un librito de Lovecraft, dos docenas de National Geographics, The Star Diaries de Stanislaw Lem y la obra completa de Stevenson purgados para siempre. Ninguno estaba en el catálogo, así que nunca existieron.

Y yo, se supone que era invisible y jamás estuve allí.

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© José Luis Rodríguez Pittí
Publicado por primera vez en la Revista MAGA #60-61, Panamá, 2007.

21 de marzo de 2007

SUEÑO DE NATHAN BEDFORD FORREST LA CALUROSA TARDE EN QUE DECIDIÓ ABANDONAR EL KLAN

Lo mire a los ojos. Parecía no importarle mi presencia. Me senté con todos y con todos compartí el momento de íntima y extraña tranquilidad. Extraña paz. Extraña quietud. Al menos para mi, que sabía de antemano lo que iba a seguir.

A veces hablaba y todos lo escuchaban con detenimiento. Cuando lo hacía, dedicaba a todos miradas intensas, atentas. De pronto, anunció que uno lo traicionaría.

Y aquí algo raro sucedió: el tiempo se detuvo para todos, menos para él y para mí. Soltó el pan, dejó el caliz con el vino, y de un salto atravesó el largo espacio entre nosotros, colocándose a mi lado, acercando su rostro al mío lo más que pudo sin tocarme. Con fuerza me espetó: “Hipócrita... Memoriza bien lo que ves y díselo a todos: di que soy negro... ¡Qué el Hijo del Hombre es sólo un negro como ese que mataste ayer con saña!”.

Fue allí que desperté empapado en sudor.

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© José Luis Rodríguez Pittí
Publicado por primera vez en la Revista MAGA #60-61, Panamá, 2007.

PIEL DE TIGRE

En el suelo de mi cuarto está la piel curtida de un gran gato americano. No sé quién, ni porqué, cometió la gran bajeza de quitar la vida a tan noble felino. Le arrancaron la hermosa túnica veteada, que en vida le sirvió de guarida contra el frió y la humedad, y de cuartel en la caza entre la maleza.

La curtieron por tres meses con mangle y agalla, y la secaron al salobre viento de este desierto creado por los hombres. Y aquí está. Una parte de aquel magnífico tigre, que mató grandes vacas y veloces venados, desgajándoles el cuero con sus afiladas garras y colmillos. Hoy está aquí, a mis pies, aquel que un día fue el terror, capaz de ver en la noche, oler a la distancia y oír lo inaudito, aquel cuyo olor fue miedo y su grito muerte. Aquí, en mi propio cuarto, yace en el suelo la piel del jaguar que algún hombre mató de un ruin y cobarde tiro de escopeta.

¡Qué desperdicio! ¡Qué falta de conciencia! Tanta belleza la de la suave piel moteada de ese esbelto y ágil animal, y hoy sólo es una infame e indigna alfombra.

Sus ojos, nariz y oídos ya desaparecieron, pero aquí, en su antiguo abrigo todavía quedan los orificios. Y aún asustan. Igual que aún atemorizan las grandes patas que conservan los enormes hoyos que una vez penetraron sus agudas garras.

No sé qué hacer. No puedo dormir en esta madrugada, pues me parece que el alma del tigre aún puede acechar en la noche. Y su piel está aquí. Y la toco levemente y la acaricio con fascinación. Ahora es dura, pero qué suave y flexible debió ser cuando corría libremente cubriendo a su dueño.

Y mientras le paso la mano por encima, esta se me vuelve de color pardo. Y se ve hermosa, pues está moteada como la piel del felino que inútilmente murió hace quién sabe cuánto.
Es tarde. Es de noche y el aire entra por la ventana cargado de olores. Siento hambre y una feroz necesidad de salir a correr sigilosamente; siento la angustia del encierro y la ansiedad del vasto monte, el anhelo de ser libre.

Debo salir ya, mi piel es parda y moteada y aunque la lámpara se ha roto al caer, aún veo bien. Y los olores me excitan y los sonidos me llaman. Y mis garras son filosas y mis dientes puntiagudos.

Afuera ha de haber un venado que ya se agita nervioso porque voy por él.

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© José Luis Rodríguez Pittí

Publicado por primera vez en el libro "Crónica de invisibles" (UTP, Panamá, 1999).